martes, 31 de agosto de 2010

El género como exceso

Hace tiempo escribí por aquí El género como vergüenza, una pequeña reflexión en la que defendía la validez de la ficción de género (sea cual sea este). Citándome a mí mismo
Los límites de los géneros, la capacidad de contar historias dentro de ellos, están en la mente.
Sigo creyendo firmemente en esto. Aunque no sea una defensa de la literatura (de la ficción) de género, si no más bien una manera de decir que los géneros no importan y que sus fronteras son algo cada vez más difuso.

Por eso no entiendo las periódicas polémicas sobre "el mundillo" o "el fandom" que aparecen de vez en cuando por los mentideros habituales. No me importan demasiado las quejas de los fans de la ciencia ficción (esto es extensible a otros, hablo de ellos por que son a los que leo) reclamando que el mercado, lo mainstream, les preste atención. También pasa con los lectores de tebeos, reclamando su normalización. De ahí vienen los ánimos exaltados con las adaptaciones "serias" de tebeos, como The Dark Knight o Watchmen, no sólo son películas, si no que son una manera de demostrar las virtudes del género (más en este artículo de Vicisitud y Sordidez). Al igual que no entiendo al que menosprecia a la ficción de género como tal, tampoco entiendo las reclamaciones de los aficionados. Para disfrutar de la ficción de género no hace falta que una Academia o un Canon pongan su sello de aprobación.

(Quizá no sea exacto del todo decir que no entiendo esas posturas, ya que creo entender de donde vienen. Debería decir que no las comparto)

Pero todo esto no es más que un inciso, de lo que quería hablar era de otra cosa: los articulistas de Tor.com. Suelo leer algunas de sus entradas por ver que se cuece en el mercado editorial anglosajón y descubrir algunas novedades de ciencia ficción, fantasía o terror. Pero también leo de vez en cuando algunas de sus entradas ensayísticas o sus monográficos sobre algún tema y me provocan vergüenza ajena.

En los últimos meses han estado haciendo unas cuantas series de entradas dedicadas a cosas inverosímiles. Para los escritores de Tor las etiquetas de fantasía o terror no son suficiente, así que han dedicado alguna de estas series a cosas tan apasionantes como paranormal romance, urban fantasy, ¡¡rural fantasy!!, steampunk, dieselpunk... una infinidad de categorías y etiquetas, con normas bien definidas, que permiten colocar a cada obra en su cajón correspondiente. Lo importante ya no es la ficción, si no el género.

El artículo que me ha llevado a escribir esta entrada ha sido "What happened to genres?", de Alexandra Ivy. La chica parece que ve la luz al final del túnel, aunque creo que no termina de tener muy claro hacia donde ir: no a escribir ficción sin preocuparse del género, si no poder mezclar géneros. Parece que habla de derribar barreras, pero no, sólo habla de colocarlas en otro sitio
Because of those daring authors willing to break the mold I can write zombies fighting the battle at the OK Corral or a regency with a werewolf. Perhaps there are purists who disdain the crossover between genres; and that’s all right.
Supongo que así, en lugar de tener las etiquetas de zombis y western, dentro de poco podrían tener la etiqueta western zombies, con unas normas tan rígidas (si no más) que las que había antes. Leyendo el artículo podemos encontrar otras perlas
Things changed when I decided to make my living as a writer. I thought (rightly or wrongly) that there were rules that had to be followed. A reader of traditional regencies had different expectations than those who read historicals. Gothics, for goodness sakes, had to have atmosphere. High fantasy fans didn’t want sci-fi elements slipping in, and westerns didn’t have aliens.
Even though I was already a published author I didn’t consider the fact that sales department had to be able to market the book to wholesalers, and that bookstores had to shelve the book so customers could browse for it among similar books
En estos dos párrafos se puede resumir todo lo malo de la visión de Tor.com sobre el fantástico. En primer lugar está la visión mercantil, es decir, usar los géneros como una manera de vender libros. Algo que, dentro de lo que cabe, no me parece mal del todo: Tor.com es una editorial con su propia tienda virtual y su objetivo es vender libros. Incluso puedo entender a esta escritora mercenaria, si lo que quiere es ganarse la vida escribiendo, tendrá que hacer libros que mucha gente quiera comprar. Esto lleva al segundo aspecto que se ve en la cita anterior, que es la visión de los géneros por el lector, aunque sería más apropiado utilizar el término fan que emplea la escritora. La clave está en que habla de los géneros como expectativas, lo que el fan espera o no espera encontrar cuando lee un libro.

Esto es lo que más me molesta de la perspectiva desde la que este portal, sus colaboradores y sus lectores miran a la ficción de género, una perspectiva reduccionista en la que se colocan unas barreras que la historia no puede sobrepasar. El lector (el fan) abre el libro esperando encontrar lo que ya ha encontrado en otros libros iguales, se le premia con una satisfacción inmediata (¡mira, un zombi! es lo que querías, ¿no?) y se evita descolocarle, provocarle dudas o inquietudes. Pero la versatilidad de la ficción de género es que permite plantear preguntas y hacernos reflexionar. La ciencia ficción no trata sólo de naves y pistolas de neutrones, si no que estos elementos propios del género sirven para darnos una nueva perspectiva desde la que podemos analizar nuestras ideas preconcebidas. Un replicante nos hace pensar qué es lo que nos hace humanos y el kemmer sirve para hacernos pensar sobre la forma en la que vemos la sexualidad en nuestra sociedad.

Esta forma de ver los géneros me recuerda bastante a las tribus urbanas, una impresión que se suele recalcar en los monográficos de Tor.com. Hablen de steampunk o de paranormal romance, estas etiquetas no sólo sirven para definir una manera de hacer ficción, si no también al lector: una serie de lecturas de cabecera, una manera de vestir, una música que escuchar, algunas páginas web donde poder hablar con otros fans... Y aquí volvemos a la versión reduccionista y el entusiasmo adolescente de identificación con la masa como una forma de superar inseguridades.

Lo más triste de esto es que parece que esta forma de entender la ficción de género es la que tiene más visos de convertirse en la visión dominante. Nada de reflexiones, nada de transgresiones, nada que haga que el lector pueda pensar. En lugar de provocar inquietud (intelectual) es mejor dar satisfacción, por vacía que sea. Que los géneros se conviertan en una convención, en una serie de expectativas a ver cumplidas y así sea más fácil clasificar y ordenar todo. Este panorama me resulta desolador, y con esto vuelvo a las periódicas crisis del fandom. Pero el problema no está en la falta de reconocimiento del género ni en que una supuesta Academia ignore los valores de la ciencia ficción, si no en que cada vez son más escasos los Lem, los Philip K. Dick o los Bradbury, dispuestos a romper todas las barreras de la ficción para ayudarnos a romper las barreras de nuestro pensamiento, y más numerosos los débiles mentales que se dedican a discutir si Blade Runner es una "novela negra robótica" o más bien podría decirse que es "ciencia ficción detectivesca", reduciéndola a una mera etiqueta, o lo flipante que sería que Deckard luchase con ninjas o zombis.

viernes, 27 de agosto de 2010

Más parecidos razonables


Al ver esta mañana la primera imagen me vino inmediatamente a la mente la portada de Fallout 3, aunque es cierto que el marine espacial de armadura completa es todo un icono de la ciencia ficción más pulp.

sábado, 7 de agosto de 2010

Muñoz Molina, Grossman y Kafka

Esta mañana estaba leyendo algunas entradas del magnífico blog El pez volador y encontré una reflexión muy interesante sobre el famoso Canon de Bloom: el canon visto como un "sistema de relaciones" entre obras, en lugar de la visión habitual, una especie de lista de quien es quien en el mundo de la literatura. Estas listas son siempre polémicas, sea un canon occidental o un canon de la ciencia ficción, pero no voy a entrar a valorar la obra de Bloom

Ese artículo me ha llevado a reflexionar uno de los libros que he leído hace poquito, Sefarad, de Muñoz Molina, un libro construído como una relación entre varias vidas y la relación de estas vidas con la literatura. En esta novela se habla de muchos libros, pero una de las principales relaciones que yo he establecido ha sido con uno que no se menciona: Vida y destino, de Vasili Grossman. Y es que las similitudes a nivel formal son un tanto obvias, aunque no sé si Muñoz Molina conocía la novela de Grossman antes de escribir la suya o ha sido algo casual. Las dos novelas están formadas como varios hilos entrelazados, cada uno de ellos siguiendo una persona distinta, aunque en el fondo, cada una de esas personas no dejan de ser avatares del autor. Sefarad sigue la vida de Muñoz Molina, en ocasiones, él es el que escribe, otras veces, se reimagina a sí mismo como otra persona que pudo haber sido, como también hace Grossman, desperdigando sus experiencias en la II Guerra Mundial a través de distintas personas, buscando dividirse en la inmensidad de la población de la Unión Soviética. Grossman es el periodista en el frente, pero también el soldado en Stalingrado, el aviador en la retaguardia, la madre judía que muere sin poder despedirse de su hijo. Todos son él y él es todos, lo que quizá sea una visión un tanto propagandista: todo el pueblo soviético, unido, luchando contra la invasión nazi.

Evidentemente, Muñoz Molina no habla del sovietismo en su novela, si no del exilio, voluntario o forzado. Quizá Sefarad fuera una catarsis, una manera de reconciliarse con sus orígenes, con esos fantasmas que vamos acumulando los que vivimos lejos de casa. Quizá esta novela esté escrita para nosotros, y sólo así sea posible entenderla
Nos hemos hecho la vida lejos de nuestra pequeña ciudad, pero no nos acostumbramos a estar ausentes de ella, y nos gusta cultivar su nostalgia cuando llevamos ya algún tiempo sin volver, y exagerar a veces nuestro acento, cuando
hablamos entre nosotros, y el uso de las palabras y expresiones vernáculas que hemos ido atesorando con los años
Una novela sobre el exilio, que entronca con la diáspora, la expulsión de los judíos de España, como su propio nombre indica, y en paralelo con la vida de Muñoz Molina recorremos parte de la Europa en guerra, o la Europa que se prepara para la guerra. No es exactamente literatura de lager, al menos no tanto como Vida y destino en ocasiones sí lo es, novela de lager, novela de gulag y novela de einsatzgruppen. Que tres palabras ha legado el siglo XX a la historia. Las dos novelas hablan del judaismo, aunque desde una perspectiva distinta, quizá Muñoz Molina identificándose con esa idea del exilio, la diáspora, mientras que Grossman vive mucho más de cerca el terror de los campos y la persecución, al ser él mismo judío. Y aquí Muñoz Molina crea otra de esas conexiones, de las que hablaba al principio, esta vez con la obra de Kafka.

Kafka no llegó a vivir la persecución nazi (murió en 1924), pero desde su puesto de trabajo alienante y su vida como escritor invisible supo anticipar buena parte del horror y la angustia de las persecuciones. El proceso o El castillo transmiten la desesperación de una persona ante la burocracia, la pequeñez de cada uno de nosotros ante un sistema que no comprendemos y que juega con nosotros, algo que bien podría haber conocido (con la construcción de los estados burocráticos a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX, y en este aspecto, podemos considerarlas obras revolucionarias, ya que Kafka supo ver el horror que se esconde en algo tan cotidiano, que nos afecta a todos, pero parece invisible, pero con La metamorfosis consiguió incluso ir más allá. La metamorfosis (1915) no sólo es una obra revolucionaria, si no que también funciona como novela de anticipación: Gregorio Samsa es un hombre normal, que un día, sin saber por qué, amanece convertido en insecto. Años después, millones de personas, gente de todo tipo, escritores, fontaneros, pintores, falsificadores, mecánicos, amanecieron un buen día convertidos en judíos. De un día para otro perdieron toda identidad, toda vida anterior, amigos, trabajo... Europa se llenó de millones de Gregorios Samsa. El siglo XX es el siglo de Gregorio Samsa, el siglo en el que cualquier persona podía levantarse cualquier día y descubrir que su vida se había acabado, que había dejado de ser una persona y se había convertido en judío, en comunista, en enemigo del pueblo.

martes, 3 de agosto de 2010

¡Vacaciones!

Hola, amigos. Últimamente he tenido el blog bastante parado, el calor de Madrid no invita a sentarse frente al ordenador y ponerse a escribir, y menos aún a ponerse a pensar. Pero tampoco quería dejar esto completamente parado durante el verano, así que, antes de irme de vacaciones, he decidido dejar un par de entradas escritas para que se publiquen, ellas solitas, durante mi ausencia. Así que cuando leas esto yo estaré pasando fresquito a más de 3.000 kilómetros de aquí.

Supongo que muchos de vosotros también estaréis aprovechando el mes de agosto para tomaros unas vacaciones, así que había pensado en escribir (por una vez) una entrada útil. Este año estoy leyendo un montón (llevo más de 40 libros leídos, sin contar tebeos) pero me he dado cuenta que apenas estoy escribiendo sobre los libros que más me han gustado o que más me han hecho pensar. De hecho, en este blog, sólo he escrito sobre dos libros: Los Simpson y la filosofía y las Cartas de España, de José Blanco White. Como decía antes, no me veo con fuerzas para ponerme a analizar en profundidad ninguna de mis lecturas, así que me limitaré a recomendar una serie de libros y a escribir unas pocas líneas sobre cada uno de ellos.
  • La isla del tesoro, de R. L. Stevenson. Aprovecharé para confesar que ha sido mi primera lectura de esta increíble novela. De pequeño había leído adaptaciones en tebeo, pero no la original de Stevenson. Es la novela de aventuras perfecta, desde su comienzo, en ese siniestro páramo inglés y la taberna de ambiente terrorífico hasta la llegada a la isla, motín pirata incluído. He hablado mucho sobre Perdidos, pero antes de la Isla de Dharma existió esta isla, con sus propios misterios y tesoros ocultos. La serie le debe bastanta a Stevenson. También aprovecho para recomendar el programa Los dos de la tarde, en el que Llosef colabora con una sección de literatura pulp y otras hierbas. Aquí podeis escuchar el que dedicó a La isla del tesoro.
  • La sombra del asesino, una recopilación de los mejores relatos policiacos y detectivescos publicados por Valdemar. El volumen sigue un orden más o menos temático, dividido en distintas secciones. Empieza con "Los instigadores", de un goticismo primerizo: la desasosegante historia "El confesionario de los penitentes negros", de Ann Radcliffe. Después podemos encontrar al siempre genial Thomas de Quincey y un relato un tanto flojo de Le Fanu. Por supuesto, tenemos también a Poe, creador de muchas de las convenciones que seguiría el género a partir de entonces, no en vano, la segunda sección, "El cerebro de la trama", está formada únicamente por su relato "La carta robada". A partir de ahí entramos de lleno en el canon del detectivesco inglés del siglo XIX: Wilkie Collins, Conan Doyle... A medida que escribo me doy cuenta que este volumen bien merece una entrada, pero me gustaría seguir poniéndoos los dientes largos con los nombres aquí reunidos: Dickens, Melville, Stevenson, Kipling, Joseph Conrad, Saki, H. G. Wells, Oscar Wilde, Voltaire, Mark Twain, Jardiel Poncela, Guy de Maupassant, Bram Stoker, W. H. Hodgson y Robert Bloch, entre otros.
  • La sombra del torturador, de Gene Wolfe. Llevaba bastante tiempo alejado de la fantasía, exceptuando periódicas relecturas de Conan y unos cuantos ratos de lecturas divertidas con Drizzt y otros héroes de Salvatore. Aparte de esto, me aburrieron las, al parecer intocables, Crónicas de la Dragonlance y no he vuelto a leer ninguna saga de un grupo de héroes involuntarios salvando al mundo. Pero Wolfe es otra cosa y es que sabe crear un personaje increíble, el torturador del título, inmerso en un mundo extraño, que apenas comprendemos. Como el protagonista de la novela, sólo conocemos lo que vemos. El mejor libro de fantasía que he leído en muchísimo tiempo, capaz de reconciliarme con un género que creía agotado.
  • Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Leí este libro mientras se iba emitiendo la última temporada de Perdidos y no pude dejar de encontrar unas cuantas similitudes, que no voy a comentar para no estropear nada. En un pueblo desolado, en mitad de un desierto, Rulfo rasga la separación entre la realidad y el mundo del sueño, con una compleja estructura narrativa, mostrando poco a poco piezas de una historia que no cobrará todo su sentido hasta el final. Por no hablar de lo bien que escribía este hombre, cuidando cada palabra, cada párrafo para que todo tenga el ritmo apropiado.
  • Los libros publicados por Es Pop Narrativa: Acero, de Todd Grimson, A la cara, de Christa Faust y Capturado, de Neil Cross, de los que he hablado en mi otro blog.
  • Masters of Doom, de David Kushner. Un repaso a la historia de id Software, creadores de videojuegos como Wolfestein, Doom o Quake. Una especie de Behind the music de una de las compañías más míticas en la industria. Y es que con sus videojuegos descubrí la pasión de sentarme frente a un ordenador y disparar a miles de monstruos (o nazis).
  • Sefarad, de Muñoz Molina, de la que hablaré en una entrada futura :D
  • Zombies, una antología de... zombis, de Minotauro. Tiene algún relato un tanto flojo, pero a cambio, otros muy buenos de gente como George R. R. Martin, Stephen King, Robert Silverberg o Muerte y sufragio, Dale Bailey, que se adaptaría en el episodio Homecoming de Masters of Horror.
  • Con la risa en los huesos y Quien ríe el último, otra antología con los mejores relatos de humor aparecidos en Valdemar. La lista de nombres tira de espaldas: Saki, Jardiel Poncela, Chesterton, Dickens, Ambrose Bierce, Jan Potocki, Mark Twain, Oscar Wilde, Kafka, Thomas de Quincey, Dickens... muy centrado en el humor inglés de finales del siglo XIX.
  • Y como no, las relecturas periódicas de mis autores de horror (cósmico o no) favoritos. Recuperé mi tomo de Los mitos de Cthulhu, perdido durante años, y volví a leer esos relatos que me descubrieron un mundo desconocido. Es un clásico que siempre merece la pena: Arthur Machen, Algernon Blackwood, Lovecraft, Robert E. Howard, Dunsany...

jueves, 29 de julio de 2010

Sci-fdi Volumen 2

Pues eso, amigos. Han pasado algo más de seis meses desde que lanzamos aquel primer número de Sci-fdi, la revista digital que editamos desde la Biblioteca de la Facultad de Informática de la Complutense y como nos habíamos planteado hacer una edición semestral, ya iba tocando sacar el segundo número: Sci·Fdi, Revista de ciencia ficción 2.

Estoy muy contento por haber conseguido sacar más de un número, parte de los que os pasáis por aquí conoceis el mundillo editorial y sabéis la cantidad de revistas y fanzines que no pasan del número uno, así que es todo un orgullo haber podido sacar esta revista adelante. El primer número tuvo una acogida excelente y el palomar al que nos llegan los pergaminos de los relatos quedó prácticamente desbordado. Pero, afortunadamente, ningún pájaro resultó herido y seguimos buscando colaboraciones, así que aprovecho para tiraros un poquito de las orejas, queridos lectores habituales: sé que muchos de vosotros teneis mucho talento escribiendo, sea ficción o ensayo, y sois además una recua de nerds lectores de ciencia ficción, no tenéis ninguna excusa para no enviar algo para el próximo número. Si no lo hacéis por mí, ¡hacedlo por la fama!

Como decía, tuvimos un buen número de colaboradores, así que el material en este segundo número es, si cabe, más interesante aún que el primero. Si en nuestro estreno intentamos atraer (incautos) lectores con la presentación de Miquel Barceló, su relato Doy y recibo y un revelador ensayo sobre Ballard de Miguel Valero (que ha sido lo más leído de la revista), en este número tenemos un artículo sobre Ray Bradbury y su etapa como guionista de cómics en EC y unos cuantos relatos muy, muy buenos. Mis dos favoritos son Paulina, de Laura Ponce y Simeón el estilita, de Mario García Bartual. ¡Echadles un vistazo, seguro que os gustan!

Y una vez comentadas las bondades de la revista, toca mi momentito de autobombo: una de las colaboraciones con las que contábamos para este segundo número se cayó a última hora, así que tuve que salir de suplente y en apenas una semana leerme 2010, Odisea dos y escribir un ensayo sobre la novela. Una lectura tan apresurada no me ayudó a sacar demasiadas buenas ideas del texto de Clarke, así que decidí enfocarlo en resaltar las diferencias entre el 2010 de la ficción y el real, y tratar de buscar las razones de estos cambios y por qué la ciencia ficción del momento no supo verlos. Verdaderamente creo que esto puede dar pie a un buen debate, más que nada por que a buen seguro he pasado unas cuantas cosas por alto en mi artículo, así que si os apetece añadir algo por aquí todo comentario será bienvenido, aunque sea injurioso.

Espero que os guste este segundo número, y que dentro de poco pueda estar anunciándoos el tercero.


P. D.: aquí tenéis un enlace a la revista en formato PDF.

martes, 22 de junio de 2010

Cartas de España

En la anterior entrada hablaba sobre las citas, y, como siempre, lo más interesante del artículo estaba en los comentarios, con la discusión acerca de lo adecuado (o no) de las citas. Mi idea es que como forma de transmitir una idea son bastante incompletas, suelen necesitar un contexto para explicarlas, ya que tienen poca capacidad para expresar sutilezas. Mi problema es que (creo que también lo decía en la otra entrada) suelo contradecirme a mí mismo. No me gustan las citas, pero cuando leo, me gusta subrayar pasajes o marcar ciertas ideas importantes. En ocasiones estoy leyendo y me dan ganas de venir aquí y compartir con vosotros alguna frase, o un párrafo, aunque, bueno, normalmente me vence la pereza y tengo esto bastante abandonado.

Por eso, al final, divido los libros que leo en tres grandes categorías: aquellos de los que hablo, bien por aquí o por el otro blog, otros de los que no hablo por que no me han dicho mucho o no he sabido extraer nada de interés sobre lo que hablar y por último, libros de los que me cuesta escribir por que tienen mucho de lo que hablar, un montón de ideas interesantes para tratar, tantas que me siento abrumado y no sé por donde empezar. O lo que es más triste, empiezo a escribir sobre ellos y acabo dejándolo a la mitad. Me viene a la memoria mi serie de entradas sobre Lost, en las que quería tratar un montón de reflexiones e ideas locas que había tenido viendo la última temporada, y al final no pude desarrollarlas todas como quería, o un montón de entradas en las que hablo de siguientes entregas que nunca llegaron. Las últimas, esta sobre un cómic de Breccia y otro de Víctor Mora y dos entradas sobre Al principio fue... la línea de comandos, que me temo tendré que releer, por que dejé unas cuantas ideas muy interesantes en el tintero.

¿A qué viene todo esto? A un libro, las Cartas de España, de Jose María Blanco White, que llevo un tiempo leyendo, durante los viajes en el metro, que cae en esta última categoría y me daría pena dejarlo sin comentar aunque fuera de una forma muy vaga. Como decía más arriba, suelo contradecirme, y a medida que he ido leyendo he ido acumulando decenas y decenas de pasajes marcados. Y es que en el libro se puede encontrar tanto soflamas anticlericales que, lamentablemente, hoy en día siguen vigentes como retratos de la vida diaria que en ocasiones recuerdan a la España gótica de novelas como Manuscrito encontrado en Zaragoza, todo contado con una mezcla entre el pesimismo y la tristeza que nos caracteriza a los españoles que hablamos de España y su historia y la ironía y el humor negro (un tanto inglés) cuando habla de las supersticiones de los españoles de su época.

lunes, 14 de junio de 2010

Lecturas

No me gusta demasiado rellenar el blog mediante citas, siempre he preferido pasarme una temporada sin actualizar antes que colgar una entrada que sólo tenga tres líneas y apenas diga nada, pero hoy he encontrado algo que merece la pena, y me interesaba compartirlo con vosotros
Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas
Ricardo Piglia

De vez en cuando echo un vistazo a las entradas antiguas de este blog, y puedo ver todo lo que he ido aprendiendo, las cosas que he descubierto y, sobre todo, las cosas que aún no conozco, que son cada vez más. Releo entradas y siento una mezcla entre sonrojo por los errores en forma y en fondo cometidos, nostalgia y una sensación extraña de estar leyéndome a mí mismo, pero también leer a una persona distinta.

Por que cuando escribimos sobre nuestras lecturas, solemos escribir para los demás, para compartir nuestras ideas y tratar de crear un diálogo con otras personas, pero pocas veces pensamos que también estamos escribiendo para nuestros yo del futuro. Congelamos nuestra mente y nuestras opiniones tal y como son a día de hoy, y no sabemos cómo vamos a haber cambiado cuando lo leamos en el futuro.

jueves, 10 de junio de 2010

Los Solfamidas

El otro día reflexionaba aquí sobre la referencialidad en Los Simpson. Como decía en esa entrada, cada episodio de la serie está lleno de referencias a la cultura popular. En ocasiones, estas referencias son obvias, en otras son guiños para el entendido, y algunas son un desafío. El episodio "El cuarteto vocal de Homer" tiene un montón de guiños a The Beatles (no es el único episodio donde aparecen), la mayoría bastante obvios, con la carrera de Los Solfamidas como un reflejo de la carrera de The Beatles. Pero también hay algún detalle mucho más difícil.

Como decía en la anterior entrada, estos guiños más crípticos funcionan como una recompensa al espectador. Y hay algunos que son un verdadero regalo, como esta de aquí. ¿os habíais dado cuenta de ello al ver el episodio? La verdad es que yo no.

martes, 1 de junio de 2010

Una mitología americana

Estos días he estado viendo Hermanos de sangre, la serie sobre la Segunda Guerra Mundial que Spielberg y Tom Hanks produjeron tras Salvar al soldado Ryan. No voy a entrar a analizar la serie, por que ya hay infinidad de reseñas y críticas por ahí. Me voy a centrar en una escena en concreto.

Tras el final de la guerra, tanto Europa como Estados Unidos tardaron mucho tiempo en recuperarse, tanto del esfuerzo bélico como de los horrores descubiertos en los campos de exterminio. El cine europeo trató durante mucho tiempo de asimilar el horror, sin saber muy bien cómo afrontarlo, mientras que en Estados Unidos el cine se centró en vender las bondades de su intervención en Europa (algo indiscutible, por otra parte, esta entrada no va a cuestionar eso), digamos que a tratar el horror de la guerra como un sacrificio, doloroso, pero necesario.

Quizá la imagen más icónica de este sacrificio sea el desembarco de Normandía, el Día D. No hay más que pensar en lo influyente que fue la escena del desembarco que rodaron en Salvar al soldado Ryan, replicada en películas como Troya, de Wolfgang Petersen, en la escena del desembarco de la flota griega en las playas de Troya, o la batalla en la playa del Robin Hood de Ridley Scott. Esta es una parte muy clara de la mitología creada alrededor de esta guerra a través del cine. Pero hay más, y es que las películas, o en este caso una serie, son herramientas muy poderosas de transmisión de ideología, más eficaz cuanto más sutil sea esto. Y parte de la ideología de Hermanos de sangre se centra en el sufrimiento de los soldados, cómo experimentan el horror de la guerra y cómo pueden soportarlo sabiendo que es una guerra justa, contra un enemigo que apenas tiene rostro en la serie. Es cierto que en ocasiones se da un poco de humanidad a los alemanes, pero suele ser para que el soldado estadounidense se de cuenta de ello, son momentos puntuales, donde se humaniza al alemán para crear un efecto en el soldado estadounidense, para que el espectador se de cuenta de cómo el soldado estadounidense sufre por haber disparado a un semejante, pero no para que el espectador se de cuenta de que los otros cientos de alemanes que mueren durante la serie son también seres humanos.

Como decía antes, esta ideología debe ser sutil, sí, pero también debe transmitirse en momentos concretos: en un episodio mueren cien alemanes, pero sólo se muestra la cara de uno de ellos al espectador, sólo uno es humano, y el resto no importan. Ahora, mirad este video



¿Qué es lo que vemos? En 3:15, un soldado estadounidense tira una granada al interior de una casa, en 4:10, otra granada, en 4:20, disparan un cohete contra una casa, y en 4:35... muestran cómo el soldado no tira la granada... por que hay civiles en la casa. Pero ¿y en las otras casas que han volado?¿No había civiles? Mostrando al soldado que no llega a lanzar la granada muestran cómo los soldados estadounidenses no querían herir o matar civiles, se le subraya esto al espectador, pero éste nunca llega a pensar que en las otras casas han podido matar a varios civiles, antes de que éste pueda pararse a pensar, distraído por la rápida acción de la escena, fascinado por el despliegue de violencia y preocupado por algunos personajes, se le suministra el antídoto moral: antes de que pueda pensar en los civiles muertos en el combate, se le muestra una buena acción para con ellos, y así no tiene que volver a pensar en el tema.

Ahí está el poder de la ficción para transmitir una ideología.

domingo, 23 de mayo de 2010

Referencialidad

Últimamente he estado leyendo Los Simpson y la filosofía, no de una forma regular, si no como un libro de mesilla de noche, que de vez en cuando cojo y leo alguno de los ensayos que lo componen. Podríamos decir que es una especie de lectura ligera filosófica, con un claro espíritu divulgativo, reflexionando sobre ciertos aspectos clave de la serie, todo ello en un lenguaje claro y sencillo (que no implica que sea simple), y que apuesta por que el lector comprenda lo principal del mensaje del autor en lugar de profundizar en el tema y sacar conclusiones de más calado.

De lo que llevo leído hasta ahora, que es el primer tercio del libro y algún que otro ensayo suelto, predominan los análisis morales de distintos personajes de la serie según los modelos propuestos por algunos filósofos, como por ejemplo un análisis de Homer según la ética aristotélica, o, como no, el inevitable paralelismo entre Bart y la moral nietzscheana, eso sí, desde un punto de vista muy estadounidense, y un tanto mojigato: por ejemplo, no toma en consideración que Bart no puede ser el modelo moral de Nietzsche por su superstición religiosa, y en este sentido recalco lo que comenté sobre lo estadounidense de estos ensayos, ya que no cuestionan la religión como guía moral necesaria. Bart sigue preso de la moral del esclavo, y en gran parte esto es debido a su superstición religiosa. En donde sí que aciertan en este ensayo es en apuntar que Bart no actúa según sus propios códigos, si no en oposición a los códigos de los demás, a diferencia del dichoso superhombre de Nietzsche, que es capaz de crear sus reglas morales y vivir de acuerdo a ellas.

Bueno, que me voy por las ramas. Quitando los diversos análisis morales de los personajes de la serie, que como he dicho, pecan de ser un poco mojigatos, hay otros textos muy interesantes, en los que se expone la serie como reflejo de la sociedad actual y de la cultura popular. Y entre estos se encuentra el que motiva esta entrada "Los Simpson y la alusión: el peor ensayo de la historia", de William Irving y J. R. Lombardo, que señala a las referencias a otros productos de la cultura popular como uno de los factores del éxito de Los Simpson. Y es que el humor de Los Simpson suele funcionar a varios niveles, cada uno de ellos orientado a un público distinto, por eso la serie hace reír tanto a chavales como a adultos. Además, estas referencias sirven como recompensa para el espectador más sabelotodo, el que es capaz no sólo de pillar el chiste que está en primer plano, si no captar todos los guiños de la escena.

Esto me hizo reflexionar no sólo sobre Los Simpson, si no también sobre Padre de familia. Y es que mucha gente que conozco considera esta segunda serie como mejor que Los Simpson, cosa que a mí me desconcierta, ya que, sí, me hace gracia, pero no me río tanto con un episodio de Padre de familia que haya visto tres veces que con uno de Los Simpson que haya visto quince... ¿por qué? Muy sencillo: como he dicho antes, en Los Simpson las referencias pasan normalmente a un segundo plano, sin eclipsar el hilo del episodio, y si bien en ocasiones son fáciles de descubrir, otras veces son más sutiles, y funcionan como una recompensa, un premio a la vista y a la cultura que posee el espectador. Por otro lado, en Padre de familia, las referencias son obvias, se lanzan a la cara del espectador. Pueden ser graciosas, sí, pero se pierde esa pequeña satisfacción que proporciona descubrirlas, pero, a cambio, ofrecen la sensación de haber sabido captar todas las referencias de un único vistazo, una gratificación tramposa. La obviedad es la principal virtud y el peor defecto de Padre de familia: virtud por que no exige ningún esfuerzo para extraer todos los guiños, y defecto por que esto la convierte en una serie que aporta menos en cada repetición, y no tiene el efecto sorpresa de un revisionado de Los Simpson.

Cosa que, por otra parte, enlaza con lo comentado en mi última entrada sobre Perdidos, que es la exigencia de muchos fans de disponer de toda la información sin esfuerzo, y las frustraciones que provoca la narrativa huidiza de la serie, que opta por las pistas en segundo plano, hasta que se hizo inevitable utilizar el esquema de Padre de familia: parar la narración para satisfacer al fan. En Perdidos, en un momento dado un personaje se parará y le explicará a otro en voz alta y bien claro alguno de los misterios de la Isla, y en Padre de familia se señaliza que se va a parar el episodio para que empiece el sketch.

Es curioso que la gente rechace las risas enlatadas con el argumento de que son un insulto a su inteligencia, indicando el momento en que hay que reir, pero yo no veo tanta diferencia entre muchos de los sketches de Padre de familia con ese viejo recurso o el más viejo aún cartel de "Aplausos".