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jueves, 11 de marzo de 2010

Ballardiana

Ballard creo toda una mitología alrededor de nuestra fascinación por los coches. Supo ver cómo nuestras vidas giran alrededor de un vehículo: las ciudades no están hechas para andar, están hechas para conducir, el coche es uno de los símbolos de status más claros de nuestra sociedad, en nuestras masificadas ciudades nos pasamos más tiempo en los atascos que en casa, en esa especie de no-lugares que son las autopistas urbanas. Esas islas de cemento son no-lugares, sitios por donde pasan a diario miles de personas, pero donde nadie está.No sé si Ballard llegó a conocer Carhenge, pero cuando ví una serie imágenes como esta por primera vez, la asociación mental fue inmediata. Un templo formado por restos de coches, esta extraña estructura está en esa extraña zona entre la genialidad y la locura. Una especie de mash-up cultural entre los cultos mistéricos primitivos y la religión tuning del futuro, esta extraña estructura está en esa extraña zona entre la genialidad y la locura. No en vano, su creador, un tipo llamado Reinders, lo consagró en el solsticio de verano del 87. El siglo XX en su máxima expresión.

domingo, 19 de abril de 2009

Ballard

Llevaba unos días dando vueltas a unas cuantas ideas, buscando sobre qué podría escribir, pero sin conseguir sacar nada de provecho. Hasta que esta tarde, ojeando los feeds, me encuentro con una de esas noticias que te hacen quedarte un rato bloqueado. El mes pasado, leyendo el Popu, hablaban acerca de lo demoledor que puede llegar a ser escribir sobre el fallecimiento de alguien. Puede que se trate de un completo desconocido, pero, al fin y al cabo, es alguien que nos ha hecho disfrutar, o pensar, o las dos cosas a la vez. No los conocemos de nada, pero a la vez, están muy cerca de nosotros.

Y hoy ha muerto J. G. Ballard. Hace poco que lo conozco, o que conozco su obra, más o menos desde este mismo verano, cuando leí Crash, pero desde entonces se había convertido en uno de mis favoritos entre los escritores de ciencia ficción, por su particular visión del mundo, por esos personajes alienados, por sus extrañas relaciones humano-máquina, o por su voluntad de autodestrucción, un espíritu a lo burn to shine. Al igual que Gibson, supo anticipar algunas de las extrañas situaciones que vivimos en un mundo cada vez más tecnológico.

Ahora, nos quedan sus libros. Precisamente, hace unos días empecé a leer La isla de cemento.

lunes, 14 de julio de 2008

Cronenberg contra J. G. Ballard

A raíz del artículo de Truffaut contra Henry James, pensé en ir ampliando poco a poco la serie, enfrentando al autor de la adaptación con el autor de la obra. Y, cuando cogí Crash en la biblioteca, pensé que era una oportunidad estupenda.J. G. Ballard

He de reconocer que Cronenberg hace una adaptación muy buena. No sabría si decir que lleva la novela de Ballard a su terreno, por que la novela explota muchas de las fijaciones que Cronenberg ha ido mostrando en su cine, sobre todo en el ciclo de la Nueva Carne (las ideas de la transformación del cuerpo a través de la tecnología), y la violencia. Los personajes de Crash están obsesionados con los accidentes de tráfico, y ven las heridas, las cicatrices producidas en los coches como un nuevo paso en la evolución, la primera etapa de la fusión entre el hombre y la máquina más idolatrada por la humanidad: el automóvil. La novela se estructura como una experiencia iniciática de un trasunto del propio Ballard, un directivo gris, con una extraña relación con su mujer... unidos por una sexualidad un punto enfermiza. Y este es uno de los puntos que diferencian la novela y su adaptación. En la película las escenas sexuales son bastante explícitas, sin embargo, Cronenberg no consigue transmitir la misma frialdad que Ballard al narrarlas, usando un lenguaje lo más científico, o médico posible, con personajes alienados, ausentes, mecánicos.

David CronenbergCuando el personaje de Ballard sufre un accidente de coche, acabará conociendo a un personaje bastante inquietante, Vaughan, obsesionado con los accidentes de tráfico, que irá atrapando a Ballard en su paranoia. Y aquí está la segunda diferencia entre las dos versiones: el Vaughan de Ballard es inquietante, extraño, y a la vez extremadamente magnético, capaz de atraer a la gente a su locura, hacerles partícipes de sus ideas y de sus extraños rituales. Y el Ballard de la ficción es completamente cautivado por él, entrando en su círculo de víctimas de accidentes. A partir de aquí, la historia entra en una espiral de sexo enfermizo, con un fetichismo completamente bizarro por las cicatrices y los automóviles, buscando a través de ellos la nueva carne, las nuevas formas humanas, con estos personajes alejándose cada vez más de su anterior "humanidad", intentando con cada uno de estos rituales sexuales llevar un paso más allá su transformación, su comunión con el vehículo, que los llevará a la búsqueda definitiva de esta unión: el accidente mortal, como la cumbre de su fascinación por los automóviles, el sexo y la muerte.

A aquellos que hayan visto la película, les recomiendo encarecidamente el libro, y vicecersa.