Ballard creo toda una mitología alrededor de nuestra fascinación por los coches. Supo ver cómo nuestras vidas giran alrededor de un vehículo: las ciudades no están hechas para andar, están hechas para conducir, el coche es uno de los símbolos de status más claros de nuestra sociedad, en nuestras masificadas ciudades nos pasamos más tiempo en los atascos que en casa, en esa especie de no-lugares que son las autopistas urbanas. Esas islas de cemento son no-lugares, sitios por donde pasan a diario miles de personas, pero donde nadie está.
No sé si Ballard llegó a conocer Carhenge, pero cuando ví una serie imágenes como esta por primera vez, la asociación mental fue inmediata. Un templo formado por restos de coches, esta extraña estructura está en esa extraña zona entre la genialidad y la locura. Una especie de mash-up cultural entre los cultos mistéricos primitivos y la religión tuning del futuro, esta extraña estructura está en esa extraña zona entre la genialidad y la locura. No en vano, su creador, un tipo llamado Reinders, lo consagró en el solsticio de verano del 87. El siglo XX en su máxima expresión.
No sé si Ballard llegó a conocer Carhenge, pero cuando ví una serie imágenes como esta por primera vez, la asociación mental fue inmediata. Un templo formado por restos de coches, esta extraña estructura está en esa extraña zona entre la genialidad y la locura. Una especie de mash-up cultural entre los cultos mistéricos primitivos y la religión tuning del futuro, esta extraña estructura está en esa extraña zona entre la genialidad y la locura. No en vano, su creador, un tipo llamado Reinders, lo consagró en el solsticio de verano del 87. El siglo XX en su máxima expresión.
