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martes, 3 de noviembre de 2009

Los malabarismos de Juan Manuel de Prada

Este personajillo ya tiene un historial de apariciones por aquí, ya sea por su verbo florido o por su, por decirlo de alguna manera, arcaica manera de pensar. Es un entusiasta de los temas más cavernarios que se pueden encontrar en el ideario conservador, y ya protagonizó él solito un meme cuando publicó un artículo defendiendo el creacionismo (yo hablé de este tema aquí). Le encanta poder soltar sus discursos desde su columna, sabiendo que, por mucho que mienta, deforme y retuerza argumentos, una vez esté impresa nadie podrá rebatirle. Es un intoxicador, un experto en disfrazar la mentira, una especie de Losantos de pacotilla.

Su última columna trata sobre la película Katyn, sobre la matanza de polacos que cometieron los soviéticos en plena II Guerra Mundial. Para Juan Manuel, esta película es algo muy necesario, es necesario desenterrar estos hechos bárbaros del pasado y que los conozcan las nuevas generaciones. Es necesario, es un acto de justicia para todos aquellos que fueron fusilados y enterrados en el bosque de Katyn, es una manera de devolverles, a ellos y a sus descendientes, parte de la dignidad que les fue arrebatada y una manera de restituir la humillación constante sufrida en los largos años de la dictadura comunista.

Sin embargo, Juan Manuel de Prada se opone a la ley de Memoria Histórica. Lo que es bueno en Polonia para las víctimas del comunismo no es bueno en España para las víctimas de Franco.

Me gustaría saber dónde desarrollan todos estos ideólogos conservadores tan grande capacidad para la hipocresía, para la doble moral y para la mentira continuada. Y me gustaría saber cómo consiguen sus seguidores digerir tanta y tanta bajeza y quedar satisfechos y con ganas de más.

Por si alguien quiere refrescarse la memoria, aquí están todas mis entradas sobre Juan Manuel de Prada.

lunes, 23 de marzo de 2009

Un disparo en medio de un concierto

Durante bastante tiempo, al ir a clase, pasaba por delante del escaparate de la librería de la Editorial Complutense, y de vez en cuando, me paraba a echar un vistazo. Ahí fue donde compré "No pienses en un elefante", del que ya he hablado en este blog, y otro libro que siempre veía, pero nunca paré a comprar era un pequeño ensayo llamado "Como un pistoletazo en medio de un concierto: Acerca de escribir de política en una novela", de Belén Gopegui. El título era bastante sugerente, y tenía curiosidad, así que el otro día pasé y lo compré.

Una vez leído, tengo que decir que han sido tres euros muy mal invertidos. Esta señora tendrá todo el prestigio del mundo, pero desde luego, lo que yo he leído no deja de ser una pataleta, malamente argumentada, en fin, un timo, y si con esta entrada consigo que alguien se ahorre esa inversión (estamos en crisis...), me sentiré más que satisfecho.

Bien, el ensayo (es la transcripción de una conferencia) tiene el aspecto de una reivindicación. Incluso el principio no tiene mala pinta: la autora se pregunta por qué en la novela del siglo XX, y a estas alturas, del siglo XXI apenas se habla de política. Y cuando se habla, parece que se haga con vergüenza, como si la política no pudiera ser un tema válido, frente a otros aspectos más "profundos". Es cierto que, siendo la política algo que más o menos afecta a la gente de a pie, y de lo que todo el mundo acaba hablando al cabo del día, apenas aparece reflejada en las novelas. Pero con todo, poco a poco se va tendiendo la trampa de este ensayo: pinta un panorama desolador, cuando no es algo tan exagerado: hay novelas donde se habla de política, poco o mucho. Mientras iba leyendo recordé, por ejemplo, "La insoportable levedad del ser", de Kundera, donde se habla bastante de política, y cada vez más a medida que avanza la historia, o la enorme "Vida y destino", de Vasili Grossman. Incluso la autora acaba cediendo, y reconociendo que sí hay novelas que hablan de política, incluso novelas que hacen de la política el eje alrededor del cual son construidas, y no como un aspecto tangencial, pero... ¡vaya! estos ejemplos no le son válidos.

¿Por qué? Pues por que hablan de política, pero no dicen lo que ella quiere oir. Son libros donde aparecen personajes "revolucionarios" (ella misma se califica como revolucionaria también, aunque más de una vez da que pensar que su posicionamiento está bastante trasnochado), pero su mensaje es negativo. Su revolución no es descrita como algo bueno. Así que son malas novelas políticas. Este es el mensaje principal de todo este ensayo. Las novelas políticas no deben hablar de lo que piense el escritor, si no de lo que la autora quiere que hablen. Y no sólo esto, si no que la novela, al parecer, está secuestrada por unos ignotos "ellos", que sólo permiten que se hable mal de los revolucionarios. Y la autora se ha embarcado en una cruzada contra "ellos", para recuperar la novela y devolvérsela al pueblo, ya que así, de una manera natural, aparecerán las verdaderas novelas políticas, donde los revolucionarios serán descritos con la gloria que se merecen. Hay que luchar contra las fuerzas ocultas que han manipulado la novela y a los novelistas a lo largo del último siglo, acallando las voces críticas (¿cómo consigue publicar la autora, teniendo en cuenta el férreo control de los "ellos"?).

Me he sentido engañado, tomado por tonto.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Lo dijo Hans Magnus

He escrito esto un poco rápido, sin darle demasiadas vueltas al asunto. Quería dejarlo escrito, ahora que cada vez aparece menos en la tele. Y es que, si algo no sale en la tele, no existe.

En su ensayo Perspectivas de guerra civil, Hans Magnus Enzensberger habla de la pérdida de sentido de las revueltas. Antes parecía que las guerras civiles, las revoluciones, se hacían por alguna causa, por equivocada o perversa que esta fuera, pero durante los últimos años, cada vez hay más guerras que no podemos explicar: no son una revolución, no hay una patria que defender, ni una religión, ni unas ideas. Simplemente, la voluntad de la guerra. Un montón de guerras eternas en África, sustentadas por los señores de la guerra, sin ningún interés más allá de perpetuar el combate. Nadie gana, ni nadie pierde. Pero no sólo en África encontramos esto. También en el corazón del primer mundo: barrios sumidos en constantes luchas entre bandas, sin más objetivo que pelear unos con otros. En sus palabras, hay un gran componente nihilista (Knut, va por ti...) en toda esta gente: su violencia no tiene ningún objetivo, más allá de perjudicarse a sí mismos. En concreto, Hans Magnus se centra algo más en los ghettos que han surgido en las ciudades europeas y estadounidenses, donde el único fin de las bandas es la degradación de su propio entorno: en países donde el estado se encarga de suministrar parte del bienestar social, la violencia se dirige contra los símbolos de este bienestar: se atacan las escuelas públicas, los centros de salud, el mobiliario urbano... Hasta conseguir que el estado deje de invertir en esos barrios.

Pero no sólo son las bandas quienes han entrado en esta espiral de la violencia por la violencia. También los supuestos movimientos comprometidos parecen haber olvidado todas las ideas, y haberse limitado a la protesta. Es lo que estamos viendo en Grecia. Todos sabemos cuál es la causa de las protestas, pero ¿qué pide esa gente?¿A qué va a conducir todo eso? Ellos mismos responden: "No tenemos nada que perder, ¿qué importa lo que queramos?"

Sigue habiendo protestas, pero no hay una alternativa. Aún arrastramos el efecto de la contracultura, la sobrevaloración de lo estético, donde lo importante no es conseguir un efecto político, si no la apariencia de los subversivo. No quiero repetirme demasiado, así que pego una parte de lo que ya dije en esta entrada:
a contracultura se ha ido convirtiendo en la única alternativa "de izquierdas", y, al ser la contracultura una postura completamente nula políticamente, es como haber barrido del mapa a la izquierda. Desde el momento, allá por los años 60, en que era mucho más combativo y revolucionario fumarse unos porros o ir a un concierto que luchar por mejores condiciones laborales, la contracultura ha jugado a favor de los conservadores. Al negar toda acción política que no supusiera un cambio total del sistema, se han condenado a la inacción, pero, sobre todo, se han convertido en una élite intelectual y estética autocomplaciente, y, lo que es peor, demasiado convencidos de ser la punta de lanza de la revolución.
Para quien haya llegado hasta aquí, y le apetezca seguir con el tema, dejo este enlace.

sábado, 9 de agosto de 2008

Agosto

Estoy momentáneamente bloqueado. Llevaba unos días pensando en hacer alguna entrada de relleno, ya que, aunque no se me ocurre ningún tema para un artículo largo, tengo un montón de pequeñas ideas que quería comentar. Sin embargo, a la hora de sentarme delante del computador, me he quedado en blanco. Harto de estar ante el monitor intentando desbloquearme, simplemente he comenzado a escribir, a ver si así poco a poco van apareciendo todas esas cosas que quería comentar.

Casi todo son lecturas que he hecho últimamente. Algunas me gustaría comentarlas con más detalle, pero no me veo con ganas. Tengo ideas, pero no me apetece demasiado hilvanarlas y darles una forma mínimamente coherente y que merezca la pena. He estado leyendo un par de libros sobre la difusa frontera entre sociología y política: No pienses en un elefante, de Lakoff (que descubrí en este blog) y Rebelarse vende, de los autores canadienses Joseph Heath y Andrew Potter (wiki). El primero es un libro destinado al proselitista. Además de la crítica a todo el sistema de propaganda política de los conservadores, es un manual de "primeros auxilios" a la hora de hablar de política. Está (evidentemente) muy centrado en los Estados Unidos, y no es tan extrapolable a España, aunque aquí cada vez ganan más poder los medios de comunicación, que más que conservadores, tienden a ser reaccionarios. El segundo libro es una especie de respuesta al No Logo de Naomi Klein. Básicamente es una crítica al movimiento contracultural, por ser completamente improductivo. En parte, este enfoque une este libro con el de Lakoff. En el de Lakoff se habla de como los conservadores han tomado completamente el control de los medios, arrinconando completamente al sector progresista, obligándolo a estar siempre a la defensiva frente a la iniciativa de la derecha. Y, según Potter y Heath, esto es en gran parte culpa de la manera en la que la contracultura se ha ido convirtiendo en la única alternativa "de izquierdas", y, al ser la contracultura una postura completamente nula políticamente, es como haber barrido del mapa a la izquierda. Desde el momento, allá por los años 60, en que era mucho más combativo y revolucionario fumarse unos porros o ir a un concierto que luchar por mejores condiciones laborales, la contracultura ha jugado a favor de los conservadores. Al negar toda acción política que no supusiera un cambio total del sistema, se han condenado a la inacción, pero, sobre todo, se han convertido en una élite intelectual y estética autocomplaciente, y, lo que es peor, demasiado convencidos de ser la punta de lanza de la revolución.

También he leído una pequeña reflexión de Hans Magnus Enzensberger, Principios de Guerra Civil. Este, pese a su brevedad, me pareció muy interesante, y, por supuesto, me cuento desde ya entre los fans de este hombre. Con ese nombre, increíblemente sonoro, ya da idea de que no es un cualquiera. Y, francamente, creo que tiene unas ideas bastante interesantes. Tengo que volver a repasar el libro, por que, si algún día escribo algo sobre él, me gustaría acompañarlo de algunas citas :)

Ya veo que me ha vuelto a pasar: me pongo aquí sin nada en concreto y enseguida tengo escrito demasiado. No quiero aburrir a mis escasos lectores, así que voy a ir concluyendo. Además, he conseguido dejar algunas cosas en el tintero, así que volveré a la carga, espero que con brevedad.

Además de esto, estos días, en el Mundo Libre, tenemos noticias de guerra en Rusia. Casualmente, estoy atravesando una fase bastante rusa en cuanto a lo cultural. Navegando por ahí, he encontrado esta galería de fotos de Osetia o Abjasia.