sábado, 19 de septiembre de 2009

Masters of Horror: Homecoming

HomecomingÉste es el segundo episodio que he visto de Masters of Horror, después de Sueños en la casa de la bruja, que reseñé por aquí hace ya bastante tiempo. Como dije en aquella entrada, Homecoming era uno de los episodios que más me llamaba la atención, y es que la propuesta es bastante interesante: los soldados muertos en Irak vuelven convertidos en zombies para protestar contra Bush.

Tradicionalmente se ha querido ver en el cine de terror el reflejo de la situación política de la época en la que se produce la película. En la mayoría de las veces, las películas no dejan de ser un subproducto que no da para muchos análisis, pero de vez en cuando sí que aparece una obra maestra dentro del género que sabe capturar perfectamente el zeitgeist. Un ejemplo clásico es Zombie (o El amanecer de los muertos), donde ni siquiera la muerte es capaz de vencer la alienación que producen los grandes centros comerciales. Homecoming intenta meterse entre estos clásicos, pero donde otras películas hacen de la sutileza una virtud, Homecoming va directa al grano, y ése es su principal fallo. Y es que tanto se esfuerza su director, Joe Dante, en meter su mensaje con calzador, que al final lo que menos importa son los zombies. Bien es cierto que normalmente los zombies sólo son una excusa, o una manera de poder contar una historia, al fin y al cabo, lo que importa son los humanos que aún están vivos, pero los no muertos tienen algún peso argumental. Sin embargo, en esta película éstos zombies, que eran el centro de su argumento, tras unas cuantas escenas prácticamente dejan de contar.

La idea de estos zombies soldado es bastante interesante. En primer lugar, como catarsis. Los soldados muertos en Irak han sido durante mucho tiempo una de las principales preocupaciones de los estadounidenses, un recordatorio constante de la política de Bush, hasta llegar a ser un tema prácticamente tabú. Pero con su vuelta como zombies se plantea algo muy interesante, que es tratar de destruir a estos zombis, tratar de destruir los miedos de todo un país que estos soldados representan. Pero ése no es el objetivo de la película, aunque creo que ése punto de vista hubiera servido mejor como mensaje ideológico, al menos, hubiera sido un poco más sutil. En el episodio prácticamente no se dispara sobre estos zombies, y es que han vuelto de la muerte no para devorar a los vivos, si no para poder votar, para que nadie se apropie de la voz de los muertos en una guerra.

Al final, el episodio queda en una burla de los peores tópicos de los republicanos, y en una muestra de la Ley de Poe. Desde el principio, con la escritora fanática y su coche de matrícula BSH BABE, o diciendo que los que se manifiestan contra la guerra son "men with breasts, women with armpit hair. They are ugly and stupid". Nos muestra cuán hipócritas son estos fanáticos, con una especie de líder religioso, primero diciendo que los zombies son un milagro y un regalo del cielo, pensando que están a su favor, pero en cuanto los zombies dejan claro que han vuelto para echar del gobierno a quien les mandó a morir, se convierten en engendros de Satanás, sin solución de continuidad. Como parodia, funciona bastante bien, aunque al final resulta excesiva de tanto decir quiénes son los malos. Por otro lado, no he comentado otro de los hilos que componen la trama, por que estropearía bastante el episodio a quien pudiera verlo. Esta trama es el mayor acierto del episodio, y termina en un climax que rápidamente es estropeado por un "segundo final" completamente innecesario.

Y ésta podría ser una buena manera de resumir el episodio: unas cuantas ideas potentes que son estropeadas al tratar de estirarlas demasiado. Se salva por el humor gamberro y por unos cuantos guiños al espectador, como este genial homenaje :)

G.A. Romero

martes, 8 de septiembre de 2009

Matadero Cinco (II)

Si en la anterior entrada analicé algunos logros de la novela, en esta, que espero sea más breve, haré un comentario (que espero más breve) de algunos de los grandes aciertos de la película.

En primer lugar, no sabría decir si el libro es superior a la película o no. Ciertamente, gran parte del atractivo de la película viene de los mimbres que deja entrelazados Vonnegut en su novela. Sin embargo, la película, al contrario de lo que suele pasar en las últimas adaptaciones de novelas, ¡o peor, tebeos!, tiene la valentía de no calcar párrafo a párrafo la novela en que se basa, y no por ello deja de ser una adaptación muy fiel, que sabe transmitir muy bien el mensaje de la novela.

El gran acierto de la película es conseguir visualmente la sensación de desorientación de Billy, sacar al espectador también fuera del tiempo: la película avanza mediante flashes, pequeñas escenas que se cortan repentinamente, y ya estamos en medio de otra. En ocasiones, la transición es brusca, como en la primera escena, que termina con un salto destinado a impresionar al espectador, a descolocarlo: vemos la máquina de escribir de Billy, mientras escribe "I have come unstuck in time. I jump back and forth in my life and I have no control over where". Al escribir la última palabra, el silencioso sótano desaparece, y aparecemos en mitad de una carretera nevada, por la que avanzan un tanque y unos soldados. Ya estamos en mitad de la vida de Billy, y el tiempo ya no es lineal. Sin embargo, en otras escenas se juega con la imagen, haciendo cambiar levemente la escena. Una de las que me pareció más interesantes es una en la que Billy, tras un accidente, es llevado en una camilla por el pasillo del hospital, mientras la escena cambia sutilmente, Billy está corriendo por un pasillo en el Matadero Cinco, en Dresde. Se juega con los cambios visuales para dar continuidad o romperla, para unir dos momentos o para separarlos por completo.

La sensación de saltar atrás y adelante en el tiempo se incrementa: si leyendo pasamos diez, o quince minutos "fijos" en el tiempo, en la película estaremos mucho menos. Y, además de esto, han conseguido encontrar a un actor idóneo para Billy, completamente apático, de rasgos corrientes, poco definidos, nada en él destaca. La sensación de que Billy es sólo un espectador se acrecenta al verlo en la película: lo vemos normalmente lejos del foco de acción en los planos, apático, apenas moviéndose ni mirando a los otros personajes, salvo en las escenas en las que está en el zoo de Trafalmadore con Montana Wildhack. Mientras en el libro Billy es completamente apático ante el sexo con su mujer Valencia, en la película es lo único que lo saca de su posición de espectador. Es tal la apatía que transmite que viendo la película se consigue el mismo efecto de lejanía entre el espectador y los hechos que aparecen en pantalla, sin que esto implique un distanciamiento con la propia película, al contrario: la hora y media larga que dura se pasa en un santiamén, consiguendo corregir uno de los puntos más flojos del libro, y es que en ocasiones tanto vaivén temporal acaba distrayendo en algunos capítulos flojos. Sin embargo, en la película se recortan algunas las líneas temporales, otras se acortan, y otras cobran más protagonismo. En concreto, una de ellas es la de Paul Lazzaro, uno de los prisioneros en Dresde, que en el libro, a pesar de tener un papel decisivo, apenas interviene. En la película Lazzaro juega otro papel, y añade una nueva perspectiva sobre la guerra: Lazzaro es un personaje lleno de orgullo, que continuamente es pisoteado. Lazzaro representa la humillación del débil por el poderoso. Es curioso cómo a partir de un personaje ciertamente secundario, en apenas unas pocas escenas consiguen crear un personaje con tanta carga, y este acierto pertenece totalmente a la película.

Totalmente recomendable, como una mirada ligeramente distinta sobre la novela.

jueves, 3 de septiembre de 2009

En el principio... fue la línea de comando (II)

Decíamos ayer que para Neal Stephenson, las metáforas aplicadas a la informática son un arma de doble filo. Por un lado, son muy útiles para abstraer la enorme complejidad de un programa como un sistema operativo, y nos dan una serie de herramientas intuituvas para interactuar con nuestras máquinas, que en principio, son dos cosas muy deseables: a nadie le gustaría tener que leer un manual de 500 páginas para poder navegar por Internet, y normalmente, necesitamos tener algún tipo de sistema de referencia para poder comprender cómo funciona un computador. Por eso se ha aceptado como un convenio de facto el paralelismo entre el software y las herramientas de trabajo presentes en una oficina. Sin embargo, estas metáforas, creadas para ayudar a comprender el funcionamiento de un computador, han terminado por hacerlo totalmente incomprensible. De toda la gente que cada día hace uso de un ordenador, muy pocos realmente llegan a entender qué es lo que está pasando por debajo de todas esas metáforas, qué está ocurriendo mientras teclean y lentamente las letras van apareciendo sobre un folio en blanco dibujado en la pantalla.

Estas metáforas han alejado a la gente de una herramienta de trabajo muy potente, convirtiendo un milagro tecnológico en algo equivalente a un paquete de Din A4 o un cassete de música de capacidad infinita. El conocimiento de la informática se ha convertido en una especie de conocimiento revelado a unos pocos, y en un mundo que cada vez depende más y más de sistemas informáticos de complejidad creciente, la gente cada vez siente menos curiosidad por ellos. Se está dejando el control absoluto de nuestra sociedad en las manos de esos iluminados, y la gente está contenta por librarse de una preocupación.

Alcanzado este punto, Stephenson quiere utilizar las herramientas que los gigantes de la informática (Microsoft, Apple...) han utilizado para alejar a la gente de los ordenadores en su contra, quiere convertir a los Eloi en Morlocks. Y también, alcanzado este punto, es momento de parar. El siguiente paso, en una próxima entrada.


P.D.: Por otro lado, es interesante la reflexión que hace acerca de la imagen que quiere transmitir realmente cada empresa: desde el aspecto de aburrido oficinista que ofrece Microsoft, hasta la hipocresía que rodea a Apple (y gran parte de sus más acérrimos fans), vendiendo libertad y rebeldía contra el sistema en el plano publicitario, mientras impiden que puedas instalar en sus ordenadores otra cosa que no sea su hardware y su software. Bajo su aspecto de intelectuales hippies buenrrollistas se esconde una señorita Rottenmeier con una obsesión por el control.

domingo, 30 de agosto de 2009

Matadero Cinco

Hace algo más de un mes, en el blog de La navaja en el ojo propusieron crear un club de lectura: cada mes, se propone un libro que hay que leer, y pasado un tiempo, se cuelga una nueva entrada donde la gente escribe sus reflexiones acerca del libro elegido. Siempre me han interesado este tipo de actividades, ya que sirve para hacer una lectura más en profundidad de un libro, y se suele generar un debate muy interesante.

Como os podeis imaginar, la lectura propuesta para el mes de agosto fue Matadero cinco, de Kurt Vonnegut. Escribí algunas de las ideas que había visto en la novela en los comentarios de la entrada, sin embargo, quería desarrollar un poco más el tema, ya que además de la novela, quiero comentar un poco la película basada en el libro.

Matadero cinco es un libro sobre el bombardeo de Dresde, en el que apenas se habla sobre el bombardeo de Dresde. Para Vonnegut, es imposible hablar sobre ello, y creo que tiene razón. Hay ocasiones en las que el horror es indescriptible, y cualquier intento de hacerlo sólo sirve para banalizarlo, o para convertirlo en imágenes, en una experiencia estética, que es lo que quiere evitar Vonnegut. Ya en el prólogo nos dice que cuando vemos una película bélica, o leemos una novela sobre la guerra, aunque el mensaje sea completamente antibelicista, no podemos evitar sentirnos atraídos por la estética de las armas, los ejércitos y la muerte, ya que hablan directamente a la zona de nuestra mente dominada por Tánatos. Para evitar esto, Vonnegut utiliza un recurso bastante sutil, o mejor dicho, dos recursos: el primero es un protagonista, Billy, con el que el lector es incapaz de empatizar, y el otro es una narración demasiado fragmentada, impidiendo que puedas sumergirte en la trama. Billy es un "viajero en el tiempo", y su vida no transcurre de manera lineal, si no que viaja continuamente atrás y adelante en el tiempo, desde su vejez hasta su juventud, desde un día cualquiera hasta el bombardeo de Dresde, o hasta los años que pasó en el planeta Trafalmadore. Billy no puede vivir su vida, pues es incapaz de mantener ningún tipo de control sobre sus saltos temporales, es como un espectador en una sala de cine. De esta forma, Vonnegut consigue un truco narratológico bastante curioso, utilizando dos niveles de focalización dentro de la historia: el narrador del relato como focalizador externo y a su vez el propio Billy como otro nivel de focalización: el narrador no nos cuenta lo que ve, si no lo que Billy ve de su propia vida.

Como iba diciendo, Matadero Cinco juega mucho con la narratología, con la forma de presentar los elementos de la historia. Antes de seguir comentando esto, sería conveniente poner en juego el concepto de la dualidad en la narrativa: dicho pronto y mal, una narración tiene dos partes, una historia, que es un concepto abstracto formado por una sucesión de hechos, y un discurso, que es la forma de representar de manera tangible la historia (algo abstracto, como hemos dicho antes).

Aclarado esto, Vonnegut juega con la narrativa, buscando estirar y retorcer todo lo posible los elementos narratológicos definidos por Genette, como ya vimos anteriormente con el juego de perspectivas del narrador como focalizador y Billy como focalizante. Además de la focalización, también juega con el orden en el que es presentada la historia de Billy. Normalmente, cuando leemos una novela, o un relato, el tiempo en el que ocurren los distintos eventos de la historia está claramente definido, sea narrado en presente o con flashbacks. Sin embargo, en Matadero Cinco tenemos una línea temporal completamente descompuesta. El único punto de referencia que tenemos es el que nos proporciona Vonnegut en el prólogo, al situarnos en algún momento posterior al hecho central de la novela, el bombardeo de Dresde. Pero cuando la narración se centra en Billy se pierde todo referente temporal: no hay futuro ni pasado, sólo somos observadores de pequeños fragmentos de un presente continuo e inmóvil.

Esto plantea algo muy interesante a un nivel narratológico: la historia se define como una sucesión de eventos, donde el tiempo es lineal. El primer evento ocurre en el instante cero, y todo evento i ocurre en un instante i, tal que instante i > instante j, para todo j < i. Es en el nivel discursivo donde estos eventos cambian de orden a voluntad del escritor-narrador. El orden en que estos hechos son contados se llama trama. Ahora bien, en Matadero Cinco, la relación temporal de los hechos parece totalmente aleatoria, vista desde fuera, sin embargo, desde el punto de vista de Billy, es totalmente lineal.

Me he excedido del espacio que quería dedicar a la entrada, así que seguiré comentando otras cosas que me interesaron de la novela y la película en entradas próximas.

Edito: la segunda parte, en Matadero Cinco (II).

sábado, 22 de agosto de 2009

Píldora: Jinete Pálido

El otro día estuve viendo Jinete pálido. Sólo había visto la primera mitad, y me había quedado con ganas de verla terminar.

Al principio parece un western más o menos tradicional, siguiendo el esquema del justiciero que ayuda a un pueblo a derrotar a un grupo de maleantes, varias veces repetido en este género, sin ir más lejos el mismo Clint Eastwood le da una réplica al Predicador, su personaje en esta película, en Infierno de cobardes. Sin embargo, esta película tiene un final que me llamó bastante la atención, ya que, utilizando una escena canónica dentro del western, como es el tiroteo final en el centro del pueblo, el juego de cámaras y puntos de vista convierte este tiroteo en una especie de slasher, con Clint Eastwood dando caza a los pistoleros que quieren matarlo, uno por uno. La cámara apenas se posa sobre Clint, y sólo aparece como una puerta que se cierra, una tabla que cruje, o un espacio vacío, y se centra sobre los pistoleros. Su angustia ante la muerte invisible es la misma que sufren los personajes secundarios en cualquier película de terror, mientras un asesino va poco a poco acabando con ellos, como una serie de pruebas antes de poder enfrentarse al protagonista.

Pero el Predicador no es un psicópata, es la Muerte, y tras él no queda nadie en pie.

miércoles, 22 de julio de 2009

El clan del Oso Cavernario

Con tanto trajín, este verano está siendo una sequía lectora. Acabada por fin la lectura de 20th Century Boys, y tras pasar una semana convaleciente, no tengo ninguna lectura digna de reseñarse. Lo único que se me ha pasado últimamente por la cabeza, para comentarlo por aquí, ha sido un par de películas que he visto últimamente, aunque no tienen nada en común.

La primera, de la que hablaré hoy, es la adaptación de El clan del Oso Cavernario (imdb), la adaptación de la famosa novela (ahora se llamaría bestseller) de la escritora Jean M. Auel. Hace tiempo que leí los libros de su saga Los hijos de la tierra, en uno de esos esfuerzos lectores que a día de hoy me parecen irracionales. He de reconocer que el primer libro, el citado El clan del Oso Cavernario, es bastante interesante, sobre todo, por toda esa labor de imaginar una comunidad neanderthal, desde los rituales mágicos hasta el lenguaje, consiguiendo algo no sólo creíble, si no incluso vivo, real, al menos, teniendo en cuenta que se desconoce prácticamente por completo cómo eran en realidad. Los apuros de Ayla, una niña cromañón, viviendo con esta tribu de neanderthales son bastante entretenidos, salvando unos cuantos deus ex machina bien situados para recalcar que ella es un espíritu libre, y que el malvado (y machista) líder del clan no va a doblegar su voluntad. Pero es que, una vez que Ayla abandona la tribu neanderthal y va en busca de otras tribus de su (nuestra) especie, las novelas pasan de ser aventuras pseudo(pre)históricas para convertirse en novela romántica de la más baja calaña, y la lectura se convierte en un pasar y pasar páginas de Ayla y sus príncipes azules: el que aparece en el segundo libro y con el que se enfada en la mitad de cada uno de ellos, y el príncipe azul de cada nuevo libro, con el que tiene una situación equívoca que lleva a que el Príncipe 1 discuta con ella, ella tenga un romance con Príncipe 2, pero luego se de cuenta de que su verdadero gran amor es Príncipe 1. Mucha descripción de estos superhombres prehistóricos, de lo fuertes y sensibles que son, y mucho erotismo de baratillo. Y demostraciones de lo increíblemente superior que es Ayla a estos dos príncipes de turno. No en vano, a lo largo de las novelas, Ayla realiza una serie de descubrimientos: doma a unos caballos, doma a un lobo, doma ¡¡un león de las cavernas!!, descubre cómo hacer fuego con pedernal y acero, inventa las riendas, una especie de trineo, etc... En un par de tomos más, saca a toda su tribu de la prehistoria. Y es que estos libros tienen dos de los peores pecados de las novelas más o menos históricas: el superprotagonista que todo lo puede, y, sobre todo, que prácticamente todos los personajes que aparecen son personas de finales del siglo XX, no humanos prehistóricos, y sus problemas sociales son los mismos que los problemas sociales de finales del siglo XX.

Pero bueno, esto son pecados de las continuaciones de la saga, que apenas afectan al primero, al fin y al cabo, no es tanto la historia de Ayla si no la historia del clan que da título a la novela. Sin embargo, todo el interés que tiene la novela se pierde en la película, en parte, por la imposibilidad de traducirlas al lenguaje visual, como los diversos ritos y complejos comportamientos sociales creados por Auel, que en la película no son más que trasfondo: no son explicados, simplemente, son mostrados como fondo de la acción principal, con lo que pierden gran parte de su interés. Y, por otro lado, la sensación de prisa que transmite la película, al tratar de adaptar una novela bastante voluminosa, en la que pasan un montón de cosas, en apenas hora y media, con lo cual las cosas simplemente ocurren en pantalla, están poco hiladas y muchas de ellas parecen metidas con calzador en la trama. Si has leído la novela sabes por qué ocurren estas cosas, o qué repercusión van a tener después, pero si no, la película puede resultar bastante confusa. Uno de los momentos cumbres de lo absurdo es cuando el clan va a un gran festival en el que se reúnen todos los clanes: de repente aparece un hombre y habla con Ayla (vemos que los dos son cromañones) durante unos segundos. En la escena siguiente, un oso lo decapita. Así, por que sí, sin ningún tipo de explicación de quién era ese hombre, o qué hacía ahí. Total, si a los pocos segundos de aparecer lo matan, ¡no necesita explicación! Esta es la tónica general de la película: nada se explica y nada se justifica, los personajes son como cajas negras, de los que no sabemos por qué hacen lo que hacen, lo que puede resultar un poco frustrante. No es que haya motivaciones oscuras que estén mal contadas, si no que no se justifican los actos de algunos de los protagonistas.

En definitiva, la película, gracias a su brevedad, se hace entretenida, pero, si no se ha leído la novela, puede resultar un sinsentido. Incluso habiéndola leído tiene cosas como la mencionada arriba que no tienen demasiado sentido. Esperaba bastante más de la adaptación de esta novela, nada destaca realmente, los efectos de maquillaje para los neanderthales son simplemente correctos, los actores también se limitan a la corrección y nada destaca en particular. Las comparaciones con, por ejemplo, En busca del fuego, pueden resultar sonrojantes.

martes, 30 de junio de 2009

Core Dump (IV)

Estos días estoy recuperando el hábito de escribir de forma más o menos regular tanto en este blog como en el otro. Sin embargo, las dos últimas entradas que he escrito se han tenido que quedar a medias: tenía unas cuantas ideas para desarrollar, pero acabé pasándome de espacio. En definitiva, nada inusual en este blog, hay unas cuantas entradas que tienen un solitario (I) a su lado, esperando a que llegue su segunda parte algún día.

Hoy quería retomar una de las cosas de las que iba a hablar un par de entradas atrás, en el tercer Core Dump. La historia de lo que quería contar empieza hace tiempo, sin embargo, creo que no hace falta andarse (aún más) por las ramas. Alguna vez he hablado por aquí de un pequeño placer culpable, y luego he descubierto que era algo compartido por algunos de los que os pasais por aquí de vez en cuando, y es que, cuando iba a casa de mis padres, cuando volvía los sábados por la noche, aburrido de poner siempre los mismos discos en el coche, empecé a escuchar el programa de Iker Jiménez, y al final he acabado aficionandome a él. No me gusta cuando se ponen a hablar de psicofonías u ovnis, pero me encantan las secciones de curiosidades misceláneas, y ver cómo el pobre Iker intenta mantener el equilibrio entre sus colaboradores, desde alguno que es bastante incrédulo hasta su mujer, una conspiraonica de pro. De vez en cuando hablan de curiosidades de la historia o la (pseudo)ciencia y de conspiraciones. Creo que este programa resulta muy interesante, permite en el fondo adoptar la postura de escéptico de mierda (o mierda de escéptico) de la que habla Knut. Por cada dato que dan hay que arrugar un poco la nariz, aunque la verdad es que pocas veces entran en terreno pantanoso, el programa parece tener una audiencia bastante grande, y la profundidad suele estar reñida con la popularidad. Sin embargo, resulta curioso mirar, como dirían ellos, al otro lado, al lado de los creyentes, de los que cuelgan el poster de Mulder en su despacho.

Al final, de escuchar el programa de vez en cuando, he ido guardando algunos nombres en la memoria, y, el otro día, echando un vistazo en la sección de ciencia ficción de la biblioteca de Pléxor, encontré un libro cuyo nombre me sonaba: El manuscrito Voynich. No habían hablado nunca de él en un programa, sin embargo, sí que era un tema muy milenario, así que me animé a coger el libro. Para quienes no hayan oído hablar nunca del tema, es un manuscrito medieval (alrededor del S. XV), lleno de extrañas ilustraciones, y, lo más curioso: escrito en un lenguaje desconocido. El manuscrito permanece sin descifrar, a pesar de que han trabajado con él algunos de los mejores criptoanalistas y expertos en lenguajes del mundo. Su contenido es un misterio.

El libro tiene una estructura un poco caótica, entremezclando los episodios de la vida de Voynich con la de Roger Bacon, algunos intentos de descifrado del texto, para a continuación dedicar un capítulo a la criptografía y luego retomar los intentos de descifrado. Todo parece desorganizado, sin embargo, la lectura es muy amena, y a medida que vas leyendo vas descubriendo que cada dato que proporciona el autor está en su preciso lugar, dando una lógica interna a la confusa estructura de los capítulos. Como decía, la estructura es un poco laberíntica, con una primera parte histórica, donde cuentan la historia de Voynich, el librero que lo encontró, mezclada con la vida de Roger Bacon, el primer intento de descifrado y la historia del manuscrito. La segunda parte empieza con una introducción a la criptografía medieval antes de pasar a los posteriores intentos de descifrado. En la tercera parte, el libro me dio una pequeña decepción.

En el segundo capítulo cuenta la historia de William Newbold, el primero en intentar descifrar el manuscrito, y trata de explicar el absurdamente enrevesado método de descifrado usado por este hombre, una mezcla entre micrografía, anagramas, criptografía y algún que otro método más imaginativo. Con este método, Newbold fue capaz de descifrar grandes partes del texto, sin embargo, la principal crítica a su descifrado era que tenía varias etapas donde la imaginación del descifrador jugaba un papel muy importante. Sin embargo, Newbold se las apañó para conseguir texto descifrado que más o menos casase con sus teorías sobre Roger Bacon y que estuviera relacionado con las extrañas ilustraciones del manuscrito. Los autores del libro, tras criticar la labor de Newbold, al final del libro caen en los mismos errores, al no querer limitarse a narrar los intentos fallidos de descifrado, y aventurarse a proponer una solución al misterio. No voy a entrar en detalles de su propuesta (me parece un poco absurda) pero resulta lamentable que, tras hacer un análisis serio y detallado de la historia del manuscrito y de los fallos de los criptoanalistas que se han enfrentado a él, caigan en los trucos más baratos para justificar su teoría, que sólo se sostiene usando mucho la imaginación para ver lo que los autores quieren que veas, y lo que es aún peor: como su teoría podría explicar una pequeña parte de las ilustraciones del texto, deducen de ello que es válida y serviría para el resto del manuscrito.

No quiero alargarme más. Como curiosidad, he descubierto que Iker sí que hizo un programa sobre el manuscrito, pero en la televisión. Estuve echando un vistazo, pero acaban hablando de una teoría que une al manuscrito con los cátaros, pero que no deja de ser una teoría sin pies ni cabeza. Es una pena, la gente quiere creer.

sábado, 27 de junio de 2009

En el principio... fue la línea de comando

Hay mucha gente que considera los ordenadores (o la combinación de hardware y software) como simples herramientas, o, en el peor de los casos, un trasto que no da más que disgustos. Un ordenador ha acabado siendo una caja negra, un aparato con el que la gente interactúa constantemente sin la más mínima idea de qué está haciendo o cómo funciona. Lo que pasa entre un click y el refresco de la pantalla es un total misterio, pero a la gente parece que no le importa, lo aceptan como algo natural.

Pero ahora, alejémonos de los ordenadores, para hablar de un libro: En el principio... fue la línea de comando, de Neal Stephenson. Este libro no habla de tecnología, o al menos, no es un libro técnico. No hay código, no se explican algoritmos, ni el estándar POSIX. Cualquier persona que haya usado un ordenador podría leer este libro. De hecho, cualquier persona que use un ordenador debería leer este libro, ya que es un libro sobre personas y sociedades, no sobre máquinas y programas. Stephenson habla de las formas de interactuar con los ordenadores, las ubicuas interfaces gráficas de usuario (GUI), construídas como metáforas visuales de lo que hay por debajo, metáforas que normalmente no somos capaces de ver, tan acostumbrados estamos a ellas: el escritorio, las carpetas llenas de documentos, en fin, un montón de paralelismos de las actividades que realizamos a diario para enmascarar complejos y fríos algoritmos.

Para criticar estas métaforas, que han convertido los ordenadores en aparatos poco manejables, Stephenson crea una serie de contrametáforas: quizá la más famosa sea la de los sistemas operativos como coches:

Imagínense un cruce de carreteras donde hay cuatro puntos de venta de coches. Uno de ellos (Microsoft) es mucho, mucho mayor que los demás. Comenzó hace años vendiendo bicicletas de tres velocidades (MS-DOS); no eran perfectas, pero funcionaban y, cuando se rompían, se arreglaban fácilmente. Enfrente estaba la tienda de bicicletas rival (Apple), que un día empezó a vender vehículos motorizados: coches caros, pero de estilo atractivo, con los mecanismos herméticamente sellados, de tal modo que su funcionamiento era algo misterioso. [...] Al final la tienda grande acabó por sacar un coche en toda regla: un monovolumen colosal (Windows 95). Tenía el encanto estético de un bloque soviético de viviendas para obreros, perdía aceite y le estallaban las bujías, pero fue un éxito tremendo. Poco tiempo después, sacaron también un enorme vehículo para la circulación fuera de carretera destinado a usuarios industriales (Windows NT), que no era más bonito que el monovolumen, y sólo algo más fiable.

Al otro lado de la carretera hay dos competidores que llegaron más recientemente. Uno de ellos, (Be, Inc.) vende batmóviles plenamente operativos (los BeOS). Son más bonitos y elegantes incluso que los eurosedanes, mejor diseñados, más avanzados tecnológicamente y al menos tan fiables como cualquier otra cosa en el mercado: y sin embargo son más baratos que los demás.

Con una excepción, claro: Linux, que está enfrente mismo, y que no es un negocio en absoluto. Es un conjunto de tiendas de campaña, yurtas, tipis y cúpulas geodésicas levantadas en un prado y organizadas por consenso. La gente que vive allí fabrica tanques. No son como los anticuados tanques soviéticos de hierro forjado; son más parecidos a los tanques M1 del ejército estadounidense, hechos de materiales de la era espacial y llenos de sofisticada tecnología de arriba abajo. Pero son mejores que los tanques del ejército. Han sido modificados de tal modo que nunca, nunca se averían, son lo bastante ligeros y maniobrables como para usarlos en la calle y no consumen más combustible que un coche compacto. Estos tanques se producen ahí mismo a un ritmo aterrador, y hay un número enorme de ellos alineados junto a la carretera con las llaves puestas. Cualquiera que quiera puede simplemente montarse en uno y marcharse con él gratis.

Esta es la primera de una serie de metáforas que permiten hablar de sistemas operativos, software, hardware, hackers, etc, de tal forma que cualquiera pueda leer el libro. Neal Stephenson critica a Apple y Microsoft con sus mismas armas: las metáforas para esconder la increíble complejidad de lo que está ocurriendo detrás de la pantalla que ves ahora mismo. Plantear la metáfora de los coches ya ha ocupado buena parte de la entrada, y no quiero cansar a ningún lector, así que dejaremos toda la chicha del libro para el futuro :)

P.D.: este libro está escrito con el espíritu del software libre en mente, y la traducción al español está libremente disponible en esta página.

lunes, 22 de junio de 2009

Core dump (III)

Hace poco, leyendo la última entrada de La navaja en el ojo, me han entrado ganas de escribir algo por aquí. El texto que ha traducido refleja bastante bien situaciones que yo, y supongo que muchos de vosotros, como bloggers, habeis sentido alguna vez. Esa especie de necesidad de escribir algo, sin saber el qué, o andar pensando en cosas que te gustaría contar, y, sin embargo, no consigues nunca ponerlas por escrito. A medida que va pasando el tiempo, puede resultar difícil mantener un blog, y escribir de manera constante. Siempre hay etapas de mayor y menor actividad, dependiendo del tiempo libre y de la inspiración que tengamos, pero también hay otras en las que, al menos a mí, se me ocurren un montón de ideas de las que me apetecería hablar, pero no me animo a ponerlas por aquí, y es que llega el momento en el que un blog pasa a tener una especie de vida propia, y hay ciertos temas que sabes que no quedarían bien, que serían una traición al espíritu del blog. De eso habla el quinto punto de esa lista, de la integridad de un blog.

Sin embargo, creo que esa lista no habla sólo de bloguear sin obligaciones, si no también de no bloguear sin necesidad. Un blog es una plataforma muy inmediata. Apenas llevo sentado delante de esta caja de texto diez minutos y ya he escrito toda esta parrafada. Además de escribir hay que pensar: pensar bien en qué se quiere decir (es la parte más difícil) y sobre todo, si merece la pena decirlo. Al final, son muchas más las veces en las que no escribo algo que aquellas en las que acabo pulsando el botón de Publicar Entrada, dudando acerca de si lo que acabo de escribir me va a interesar sólo a mí o a alguien más, como supongo que os pasa a cualquiera de los que pasais por aquí. A todos los que sois más o menos habituales os considero gente inteligente, viendo cómo escribís siento auténtica admiración, con algunos puntos de envidia, seguramente tendreis una opinión formada acerca de un montón de temas que van surgiendo en el día a día. Cualquiera que lea las noticias tendrá una opinión sobradamente formada sobre, no sé, por ejemplo, Esperanza Aguirre. Y en más de una ocasión dan ganas de coger el teclado y... y ahí aparece el concepo de integridad, muy difícil de solventar. Acostumbrado a pasar por foros y poder discutir de cualquier cosa, en ocasiones es un poco frustrante quedarte con las ganas de escribir sobre algún tema, y también cuando lo escribes y el debate que esperabas no llega. He intentado esquivar este bloqueo creando otros espacios. Durante un par de años escribí bastante en fotolog, aunque he ido dejándolo cada vez más. Ahora estoy escribiendo cosas cortitas en ese blog que tengo anunciado a la derecha, volviendo a disfrutar de la escritura, es un espacio nuevo, y aún no tiene ningún tipo de integridad, con lo que cabe cualquier cosa.

Y, en realidad, quería hablar de otras cosas, pero al final, creo que estoy escribiendo demasiado. Quizá continúe en un nuevo volcado de memoria.

viernes, 5 de junio de 2009

La última carta

Cada vez que viajo me da la sensación de que es un medio de transporte... soviético. He hecho varios viajes en tren leyendo Vida y destino, y la línea que une Santander y Madrid, con ese aspecto tan dictatorial, con grandes estaciones prácticamente en desuso, pasar por Reinosa, con ese aspecto tan industrial, tan frío, tan... soviético. Así que ayer, ya que tenía que hacer ese viaje, volví a retomar a Grossman.

He hablado alguna vez de Vasili Grossman en este blog, aunque nunca he encontrado la ocasión de darle algo de protagonismo. Quizá por que Vida y destino es una obra demasiado grande como para poder abarcarla de manera apropiada. No me veo capaz de escribir algo sobre el libro que no esté dicho en él, en sus páginas está contenida la humanidad, desde los más poderosos a los más insignificantes, y todos los sentimientos de la humanidad, sean los más bajos instintos o los deseos más elevados. Wiseman con su película La derniere lettre tampoco busca abarcar toda la obra, si no que se centra en un único capítulo, en concreto, el número 17. Y es que la organización de Vida y destino, formada por decenas, quizá cientos de pequeñas historias, las historias de personas, de individuos, que se vieron arrastrados por la marea de los totalitarismos, donde la unidad de medida no es el hombre, si no los millones, permite tomar al azar cada una de estas historias e interpretarla como una entidad propia. Grossman permite que estas personas que se vieron anuladas en la guerra tengan voz propia, y puedan contar su historia, lejos de los diagramas de frentes cambiantes y movimientos de batallones. No son historias de ejércitos ni héroes, si no simplemente, personas.

Pero este capítulo no está escogido al azar. Este capítulo es, sin lugar a dudas, el más duro de toda la novela. Anna Semionova, una anciana judía, le escribe una carta a su hijo, Vitya, mientras espera su fatal destino. En La última carta se tocan temas de los que es muy difícil hablar. ¿Cómo se puede hablar de uno de los hechos más horribles de nuestra historia?¿Cuál es el enfoque apropiado ante la muerte y el sufrimiento de tantísima gente?

La primera visión cinematográfica sobre los campos de exterminio fue Noche y niebla. Y con estos materiales es como Wiseman trata de aproximarse a la historia de esta última carta. Un blanco y negro dramático, un espacio vacío, y una anciana leyendo en voz alta la última carta que escribirá a su hijo antes de morir. Esta anciana nos habla de su sufrimiento, lo vemos en la expresión de sus ojos, en cómo retuerce las manos, pero también nos habla del sufrimiento de millones de otras personas. En ocasiones, las sombras se multiplican, como los espectros que acompañan a esta mujer hacia su destino, otras veces, el horror no puede ser expresado con palabras, sólo como una sombra que se desvanece.

Como ya he mencionado en el segundo párrafo, Grossman no habla de grandes gestas, si no de personas. En un siglo marcado por la aparición de los totalitarismos y las grandes ideas, sea la raza, la patria, la utopía, la idea más pequeña fue destruída, la idea del individuo como unidad de medida, y no como partícula de un ente abstracto. Y ante el holocausto, Grossman da voz a una única mujer. ¿Cómo puede expresar una única anciana el horror de tanta, tantísima gente? Sin embargo, la historia de una persona puede resultar mucho más escalofriante. Se atribuye a Stalin la frase que dice que la muerte de un hombre es una desgracia, pero que la muerte de un millón es sólo estadística. Quizá por eso sea mucho más descorazonador el relato de esta anciana, no sólo por su terrible destino, si no también por la complicidad de todos los que no hicieron nada para evitarlo. Por aquellos que se alegran de la llegada de los alemanes, por la mujer que la echa de su propia casa aprovechando que los nazis la han convertido en menos que un ser humano, o por los que se pelean por quedarse sus sillas mientras ella deja su casa camino del ghetto, o por el judío que colabora con los nazis, extorsionando a sus semejantes, con la vana esperanza de salvar su vida. En la historia de Anna Semionova vemos lo más oscuro y lo más cruel, pero también hay lugar para pequeñas alegrías y para la esperanza.

Es difícil resumir este simple capítulo, pues en él está contenido el ser humano. En él se cuenta toda una vida, y a la vez, cientos de otras vidas. Es el testimonio de toda una vida, todo el amor que una madre quiere enviar a su hijo, por que la muerte la acecha y nunca volverá a verlo. Es imposible hacerle justicia con estas palabras. Pero ahí están el libro, y esta película como la manera más cruda de traducir la carta de Anna Semionova en imágenes, la manera más fiel. Sin artificios, sin dramatismos. Las palabras de una madre, y nada más.