martes, 22 de junio de 2010

Cartas de España

En la anterior entrada hablaba sobre las citas, y, como siempre, lo más interesante del artículo estaba en los comentarios, con la discusión acerca de lo adecuado (o no) de las citas. Mi idea es que como forma de transmitir una idea son bastante incompletas, suelen necesitar un contexto para explicarlas, ya que tienen poca capacidad para expresar sutilezas. Mi problema es que (creo que también lo decía en la otra entrada) suelo contradecirme a mí mismo. No me gustan las citas, pero cuando leo, me gusta subrayar pasajes o marcar ciertas ideas importantes. En ocasiones estoy leyendo y me dan ganas de venir aquí y compartir con vosotros alguna frase, o un párrafo, aunque, bueno, normalmente me vence la pereza y tengo esto bastante abandonado.

Por eso, al final, divido los libros que leo en tres grandes categorías: aquellos de los que hablo, bien por aquí o por el otro blog, otros de los que no hablo por que no me han dicho mucho o no he sabido extraer nada de interés sobre lo que hablar y por último, libros de los que me cuesta escribir por que tienen mucho de lo que hablar, un montón de ideas interesantes para tratar, tantas que me siento abrumado y no sé por donde empezar. O lo que es más triste, empiezo a escribir sobre ellos y acabo dejándolo a la mitad. Me viene a la memoria mi serie de entradas sobre Lost, en las que quería tratar un montón de reflexiones e ideas locas que había tenido viendo la última temporada, y al final no pude desarrollarlas todas como quería, o un montón de entradas en las que hablo de siguientes entregas que nunca llegaron. Las últimas, esta sobre un cómic de Breccia y otro de Víctor Mora y dos entradas sobre Al principio fue... la línea de comandos, que me temo tendré que releer, por que dejé unas cuantas ideas muy interesantes en el tintero.

¿A qué viene todo esto? A un libro, las Cartas de España, de Jose María Blanco White, que llevo un tiempo leyendo, durante los viajes en el metro, que cae en esta última categoría y me daría pena dejarlo sin comentar aunque fuera de una forma muy vaga. Como decía más arriba, suelo contradecirme, y a medida que he ido leyendo he ido acumulando decenas y decenas de pasajes marcados. Y es que en el libro se puede encontrar tanto soflamas anticlericales que, lamentablemente, hoy en día siguen vigentes como retratos de la vida diaria que en ocasiones recuerdan a la España gótica de novelas como Manuscrito encontrado en Zaragoza, todo contado con una mezcla entre el pesimismo y la tristeza que nos caracteriza a los españoles que hablamos de España y su historia y la ironía y el humor negro (un tanto inglés) cuando habla de las supersticiones de los españoles de su época.

lunes, 14 de junio de 2010

Lecturas

No me gusta demasiado rellenar el blog mediante citas, siempre he preferido pasarme una temporada sin actualizar antes que colgar una entrada que sólo tenga tres líneas y apenas diga nada, pero hoy he encontrado algo que merece la pena, y me interesaba compartirlo con vosotros
Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas
Ricardo Piglia

De vez en cuando echo un vistazo a las entradas antiguas de este blog, y puedo ver todo lo que he ido aprendiendo, las cosas que he descubierto y, sobre todo, las cosas que aún no conozco, que son cada vez más. Releo entradas y siento una mezcla entre sonrojo por los errores en forma y en fondo cometidos, nostalgia y una sensación extraña de estar leyéndome a mí mismo, pero también leer a una persona distinta.

Por que cuando escribimos sobre nuestras lecturas, solemos escribir para los demás, para compartir nuestras ideas y tratar de crear un diálogo con otras personas, pero pocas veces pensamos que también estamos escribiendo para nuestros yo del futuro. Congelamos nuestra mente y nuestras opiniones tal y como son a día de hoy, y no sabemos cómo vamos a haber cambiado cuando lo leamos en el futuro.

jueves, 10 de junio de 2010

Los Solfamidas

El otro día reflexionaba aquí sobre la referencialidad en Los Simpson. Como decía en esa entrada, cada episodio de la serie está lleno de referencias a la cultura popular. En ocasiones, estas referencias son obvias, en otras son guiños para el entendido, y algunas son un desafío. El episodio "El cuarteto vocal de Homer" tiene un montón de guiños a The Beatles (no es el único episodio donde aparecen), la mayoría bastante obvios, con la carrera de Los Solfamidas como un reflejo de la carrera de The Beatles. Pero también hay algún detalle mucho más difícil.

Como decía en la anterior entrada, estos guiños más crípticos funcionan como una recompensa al espectador. Y hay algunos que son un verdadero regalo, como esta de aquí. ¿os habíais dado cuenta de ello al ver el episodio? La verdad es que yo no.

martes, 1 de junio de 2010

Una mitología americana

Estos días he estado viendo Hermanos de sangre, la serie sobre la Segunda Guerra Mundial que Spielberg y Tom Hanks produjeron tras Salvar al soldado Ryan. No voy a entrar a analizar la serie, por que ya hay infinidad de reseñas y críticas por ahí. Me voy a centrar en una escena en concreto.

Tras el final de la guerra, tanto Europa como Estados Unidos tardaron mucho tiempo en recuperarse, tanto del esfuerzo bélico como de los horrores descubiertos en los campos de exterminio. El cine europeo trató durante mucho tiempo de asimilar el horror, sin saber muy bien cómo afrontarlo, mientras que en Estados Unidos el cine se centró en vender las bondades de su intervención en Europa (algo indiscutible, por otra parte, esta entrada no va a cuestionar eso), digamos que a tratar el horror de la guerra como un sacrificio, doloroso, pero necesario.

Quizá la imagen más icónica de este sacrificio sea el desembarco de Normandía, el Día D. No hay más que pensar en lo influyente que fue la escena del desembarco que rodaron en Salvar al soldado Ryan, replicada en películas como Troya, de Wolfgang Petersen, en la escena del desembarco de la flota griega en las playas de Troya, o la batalla en la playa del Robin Hood de Ridley Scott. Esta es una parte muy clara de la mitología creada alrededor de esta guerra a través del cine. Pero hay más, y es que las películas, o en este caso una serie, son herramientas muy poderosas de transmisión de ideología, más eficaz cuanto más sutil sea esto. Y parte de la ideología de Hermanos de sangre se centra en el sufrimiento de los soldados, cómo experimentan el horror de la guerra y cómo pueden soportarlo sabiendo que es una guerra justa, contra un enemigo que apenas tiene rostro en la serie. Es cierto que en ocasiones se da un poco de humanidad a los alemanes, pero suele ser para que el soldado estadounidense se de cuenta de ello, son momentos puntuales, donde se humaniza al alemán para crear un efecto en el soldado estadounidense, para que el espectador se de cuenta de cómo el soldado estadounidense sufre por haber disparado a un semejante, pero no para que el espectador se de cuenta de que los otros cientos de alemanes que mueren durante la serie son también seres humanos.

Como decía antes, esta ideología debe ser sutil, sí, pero también debe transmitirse en momentos concretos: en un episodio mueren cien alemanes, pero sólo se muestra la cara de uno de ellos al espectador, sólo uno es humano, y el resto no importan. Ahora, mirad este video



¿Qué es lo que vemos? En 3:15, un soldado estadounidense tira una granada al interior de una casa, en 4:10, otra granada, en 4:20, disparan un cohete contra una casa, y en 4:35... muestran cómo el soldado no tira la granada... por que hay civiles en la casa. Pero ¿y en las otras casas que han volado?¿No había civiles? Mostrando al soldado que no llega a lanzar la granada muestran cómo los soldados estadounidenses no querían herir o matar civiles, se le subraya esto al espectador, pero éste nunca llega a pensar que en las otras casas han podido matar a varios civiles, antes de que éste pueda pararse a pensar, distraído por la rápida acción de la escena, fascinado por el despliegue de violencia y preocupado por algunos personajes, se le suministra el antídoto moral: antes de que pueda pensar en los civiles muertos en el combate, se le muestra una buena acción para con ellos, y así no tiene que volver a pensar en el tema.

Ahí está el poder de la ficción para transmitir una ideología.

domingo, 23 de mayo de 2010

Referencialidad

Últimamente he estado leyendo Los Simpson y la filosofía, no de una forma regular, si no como un libro de mesilla de noche, que de vez en cuando cojo y leo alguno de los ensayos que lo componen. Podríamos decir que es una especie de lectura ligera filosófica, con un claro espíritu divulgativo, reflexionando sobre ciertos aspectos clave de la serie, todo ello en un lenguaje claro y sencillo (que no implica que sea simple), y que apuesta por que el lector comprenda lo principal del mensaje del autor en lugar de profundizar en el tema y sacar conclusiones de más calado.

De lo que llevo leído hasta ahora, que es el primer tercio del libro y algún que otro ensayo suelto, predominan los análisis morales de distintos personajes de la serie según los modelos propuestos por algunos filósofos, como por ejemplo un análisis de Homer según la ética aristotélica, o, como no, el inevitable paralelismo entre Bart y la moral nietzscheana, eso sí, desde un punto de vista muy estadounidense, y un tanto mojigato: por ejemplo, no toma en consideración que Bart no puede ser el modelo moral de Nietzsche por su superstición religiosa, y en este sentido recalco lo que comenté sobre lo estadounidense de estos ensayos, ya que no cuestionan la religión como guía moral necesaria. Bart sigue preso de la moral del esclavo, y en gran parte esto es debido a su superstición religiosa. En donde sí que aciertan en este ensayo es en apuntar que Bart no actúa según sus propios códigos, si no en oposición a los códigos de los demás, a diferencia del dichoso superhombre de Nietzsche, que es capaz de crear sus reglas morales y vivir de acuerdo a ellas.

Bueno, que me voy por las ramas. Quitando los diversos análisis morales de los personajes de la serie, que como he dicho, pecan de ser un poco mojigatos, hay otros textos muy interesantes, en los que se expone la serie como reflejo de la sociedad actual y de la cultura popular. Y entre estos se encuentra el que motiva esta entrada "Los Simpson y la alusión: el peor ensayo de la historia", de William Irving y J. R. Lombardo, que señala a las referencias a otros productos de la cultura popular como uno de los factores del éxito de Los Simpson. Y es que el humor de Los Simpson suele funcionar a varios niveles, cada uno de ellos orientado a un público distinto, por eso la serie hace reír tanto a chavales como a adultos. Además, estas referencias sirven como recompensa para el espectador más sabelotodo, el que es capaz no sólo de pillar el chiste que está en primer plano, si no captar todos los guiños de la escena.

Esto me hizo reflexionar no sólo sobre Los Simpson, si no también sobre Padre de familia. Y es que mucha gente que conozco considera esta segunda serie como mejor que Los Simpson, cosa que a mí me desconcierta, ya que, sí, me hace gracia, pero no me río tanto con un episodio de Padre de familia que haya visto tres veces que con uno de Los Simpson que haya visto quince... ¿por qué? Muy sencillo: como he dicho antes, en Los Simpson las referencias pasan normalmente a un segundo plano, sin eclipsar el hilo del episodio, y si bien en ocasiones son fáciles de descubrir, otras veces son más sutiles, y funcionan como una recompensa, un premio a la vista y a la cultura que posee el espectador. Por otro lado, en Padre de familia, las referencias son obvias, se lanzan a la cara del espectador. Pueden ser graciosas, sí, pero se pierde esa pequeña satisfacción que proporciona descubrirlas, pero, a cambio, ofrecen la sensación de haber sabido captar todas las referencias de un único vistazo, una gratificación tramposa. La obviedad es la principal virtud y el peor defecto de Padre de familia: virtud por que no exige ningún esfuerzo para extraer todos los guiños, y defecto por que esto la convierte en una serie que aporta menos en cada repetición, y no tiene el efecto sorpresa de un revisionado de Los Simpson.

Cosa que, por otra parte, enlaza con lo comentado en mi última entrada sobre Perdidos, que es la exigencia de muchos fans de disponer de toda la información sin esfuerzo, y las frustraciones que provoca la narrativa huidiza de la serie, que opta por las pistas en segundo plano, hasta que se hizo inevitable utilizar el esquema de Padre de familia: parar la narración para satisfacer al fan. En Perdidos, en un momento dado un personaje se parará y le explicará a otro en voz alta y bien claro alguno de los misterios de la Isla, y en Padre de familia se señaliza que se va a parar el episodio para que empiece el sketch.

Es curioso que la gente rechace las risas enlatadas con el argumento de que son un insulto a su inteligencia, indicando el momento en que hay que reir, pero yo no veo tanta diferencia entre muchos de los sketches de Padre de familia con ese viejo recurso o el más viejo aún cartel de "Aplausos".

jueves, 20 de mayo de 2010

Lost (IIII)

Al final he dejado parada esta miniserie durante demasiado tiempo, así que (supongo) parte de las cosas que quería contar son a estas alturas irrelevantes, ya que han sido sobrepasadas por los episodios que se han ido emitiendo. Sin embargo, en la tercera entrada comencé a hablar sobre un tema que dejé a medias: la relación entre la serie y sus fanboys.

En la entrada anterior comentaba cómo Perdidos ha sido una serie pionera en el sentido de que ha sido la primera (o una de las primeras) series en las que se ha producido una retroalimentación entre los aficionados y los guionistas. Este aspecto es muy importante, ya que es una de las principales características de la serie: desde el primer momento los guionistas han apostado por el misterio como hilo conductor de la serie. Ya en el primer episodio nos dejaban descolocados con unas cuantas cosas extrañas, y desde entonces nos han estado guiando con el palo y la zanahoria, de vez en cuando daban una pista, y a cambio dejaban en el aire nuevas preguntas.

Cada una de estas preguntas era de inmediato objeto de especulación en cientos de foros y mentideros de Internet, gente se dedicaba a crear teorías disparatadas o a recopilar las líneas de investigación abiertas. Y estas teorías y listas eran utilizadas por los guionistas a la hora de seguir escribiendo la serie, como una fuente de posibles soluciones que no se les hubieran ocurrido, o como una forma de medir los aspectos de la serie que más interesaban al público.

Pero esto no era suficiente para algunos, no bastaba con entrar a esas páginas a comentar sus teorías, o no querían calentarse la cabeza pensando en soluciones a esos misterios, así que empezaron a exigir respuestas, y me gustaría recalcar el uso de exigir. Es cierto que la serie siempre ha sido generosa en preguntas y rácana en respuestas, y durante las primeras temporadas muy pocas cosas quedaban resueltas de una manera clara. Pero había pistas, señales para el espectador atento. Y ahí estaba el problema: se necesitaba un esfuerzo para hilar estas pistas con los interrogantes abiertos en la serie, y la mayoría de la gente no quiere (¿puede?) esforzarse.

Ya he dicho antes que esta serie se basa en aceptar el misterio, y no en buscar una explicación. Y también he dicho que esta serie es un reflejo fiel de nuestro tiempo, el zeitgeist de la primera década del Siglo XXI, y como tal, más influenciada por las teorías posmodernas que por la narrativa clásica, así que tenemos que olvidarnos de la realidad objetiva de los modelos tradicionales a la hora de analizar la serie, y, desde un punto de vista posmodernista, entender que la realidad no es inteligible, si no interpretable. Buscar una explicación objetiva es no haber entendido la serie, lo malo de esto es que a la gente no le gusta interpretar, si no que le gusta vivir en base a un marco fijo de normas, en un contexto fijo y bien definido.

Parece que los guionistas de Perdidos se han ido dando cuenta de esto a medida que se acercaba el final, y al hecho que el fanboy, como comenté anteriormente, es alguien sujeto a las más bajas pasiones (genial esta entrada del Parado Amancebado), propenso a pensar con... bueno, a no pensar, antes que pensar con la cabeza, y la última temporada está siendo una temporada destinada a satisfacer al fanboy, cosa que como hemos visto, es imposible. Los guionistas han abandonado el método de las pistas y las miguitas de pan y han optado por el subrayado, por dejarlo todo lo más claro posible.

¿A qué ha conducido esto? A más fanboys furiosos y a preguntas respondidas de forma un tanto cutre, además de a algunas escenas verdaderamente vergonzosas, con los personajes diciendo en voz alta algunas de estas respuestas, como Michael explicando qué son las voces. Para que no queden dudas, para que el fanboy pueda estar tranquilo... ¿cuántas veces se ha repetido un esquema como este en la última temporada?
— ¿Sólo puedes tomar la apariencia de alguien que haya muerto?
— Sí
— ¿Seguro?¿Entonces mi padre eras tú?
— ¡Que sí, cojona!
El subrayado extremo para evitar toda duda, para eliminar cualquier resquicio de ambigüedad.Y es que la ambigüedad necesita de una interpretación o un análisis, con el esfuerzo que esto requiere. Este intento de contentar al fanboy más ramplón y furioso, la serie ha descendido hasta su nivel, y es que no puedes ganar discutiendo con un idiota...

miércoles, 19 de mayo de 2010

Campos de fútbol

Hace tiempo que las unidades de medida del Sistema Métrico Internacional han perdido el favor del público. Parece que a la gente no le gusta utilizar esas medidas arbitratias, seguramente creadas por algún científico loco en una noche de tormenta. Y es que ¿a quién no se le traba la lengua con tanto prefijo griego? Los ingleses, pueblo visionario donde los haya, supieron anticipar la debacle que produce utilizar unidades de medida tan antinaturales como los metros o los kilos, invento de unos franceses, encima. Por eso ellos han seguido utilizando sus viejas medidas, en un sistema del que podemos tomar referencias inequívocas. Porque no todo el mundo sabe cuánto mide un centímetro, pero sí sabemos lo que mide un pie, o una pulgada, ¿un codo? o un furlong (para los que no lo sepais, la distancia que una yunta de bueyes puede tirar de un arado de una tacada, sin descansar). Y eso por no hablar de utilizar la base 10 para las medidas, algo totalmente arbitrario y antinatural. Mucho mejor el sistema inglés: un pie son 12 pulgadas, un codo 18 pulgadas, una yarda 3 pies y el dichoso furlong son 220 yardas, siendo una milla 8 furlongs, o 5280 pies.

Pero este sistema, tan atado al mundo rural, se ha quedado anticuado en la vida urbana y moderna, donde nadie tiene ni idea de cuánto se puede hacer que un buey tire de un arado sin tener que recurrir a la zanahoria como recompensa o al látigo como incentivo para arañar unas pulgadas más en el surco. De hecho, mucha gente no sabe ni lo que es arar ni lo que es un buey, así que nadie se aclararía si decimos que una finca mide 15 furlongs cuadrados, o cien acres, como el bosque de Winnie the Pooh (más sobre el acre, abajo), por no hablar de la obtusa hectárea, que el hombre de a pie sólo sabe asociar a incencios forestales.

Por estas y otras diversas razones (que no vienen al caso), los medios de comunicación, siempre preocupados por su público y sobre todo por no calentarles la cabeza a los espectadores con conceptos abstractos y de difícil digestión, han optado por simplificar las unidades de medida.

El modelo a seguir es el fútbol, algo que todo el mundo puede entender. No hay más que echar un vistazo a las ventas de la prensa diaria. Cualquiera puede coger un día el Marca y ponerse a hablar de los partidos del fin de semana pasada, y pasar por un experto en las tertulias de Manolo Lama o en Carrusel Deportivo, mientras que es más difícil opinar sobre la política monetaria china o llegar a comprender la reforma sanitaria en Estados Unidos. Hasta ahora, la prensa ha futbolizado la política, y así tenemos distintos periódicos donde animan a su equipo partido político favorito e insultan a los rivales. Uno de los primeros medios en poner la política al alcance de cualquiera fue la Cope, dando lugar a lo que Nacho Vigalondo bautizó como nación taxista, o la posibilidad de hablar de política (se puede generalizar a casi cualquier otro campo) sin tener ni puta idea, moda a la que se han ido sumando casi todos sus medios, abrazando estos principios algunos con alegría y otros con cara de circunstancias.

Así, ya tenemos los dos ingredientes necesarios: unos medios que apuestan por el mínimo rasero intelectual y un modelo igualitario de creación de opiniones. Y digo igualitario ya que parece ser una convención aceptada por todos que cualquier opinión es igual de válida, algo propio de, como dirían en Vicisitud y Sordidez, vivir en democracia. Con esto se ha creado el nuevo monstruo de las unidades de medida: los campos de fútbol, una unidad de medida que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Originalmente se utilizaba para expresar superficies, sean estas bosques quemados por un incendio, como decíamos antes, pueblos anegados tras una inundación o proyectos faraónicos como los de nuestro querido Gallardón, pero ahora se utiliza también para longitudes o volúmenes, aunque no se suele especificar si es un campo de fútbol lineal, campo de futbol cuadrado o campo de fútbol cúbico (!), dejando a la imaginación del espectador hacerse una idea de la magnitud expresada, como en esta noticia sobre el asteroide Apofis: "el meteorito Apofis [...] tiene como unos 300 metros, unos tres campos de fútbol", en el que no se sabe si son lineales o cúbicos. En esta otra página, podemos encontrar este otro ejemplo de futbolmetría: "En Sevilla se recogieron el año pasado 310.000 toneladas de basura. Se podrían llenar 8 campos de fútbol del tamaño de la Giralda", utilizando el campo de fútbol como unidad de peso y/o volumen, añadiendo el matiz de que tienen "el tamaño de la Giralda" (?)... Y por supuesto, se pueden crear unidades nuevas a partir del campo de fútbol, como en esta noticia sobre la deforestación en Indonesia: "la tasa de deforestación se ha reducido [...] hasta los 1,08 millones de hectáreas al año, el equivalente a unos 123 campos de fútbol a la hora", aunque podrían haber refinado un poco más y haber usado campos de fútbol/partido. Si quieren deleitarse con más ejemplos, pueden buscar en Google "unos * campos de fútbol" y echar un vistazo a los cientos de miles de resultados que aparecen.

El origen del campo de fútbol como unidad de medida no está muy claro. Su uso intensivo en la prensa surgió a finales de la década pasada, y utilizando a Google como máquina del tiempo encontramos las referencias más antiguas allá por 1997, pero no podemos descartar que se usase con anterioridad y no fuera indexado por el buscador (fue creado allá por 1998). Supongo que esta medida empezó a usarse en algún lugar como los telediarios de Antena 3 o Telecinco, cadenas que siempre apostaron por apelar a la (falta de) inteligencia del espectador, pero no hay manera de comprobarlo. Sin embargo, podemos suponer que saltó rápidamente a otros medios más serios, pues ninguno desaprovecha la ocasión de rebozarse en el fango informativo en cuanto se presenta la oportunidad. Utilizando herramientas de arqueología de datos, he llegado a encontrar una de las primeras apariciones del símil en campos de fútbol en la prensa escrita: el día fatídico fue el 4 de septiembre de 1993, en la página 46 del ABC, edición Madrid, por supuesto, hablando de incendios forestales ("destruyendo una superficie de gran valor ecológico equivalente a 10.000 campos de fútbol"). A partir de ahí, comienzan las apariciones esporádicas, hasta sustituir a la hectárea como unidad de medida en prácticamente todas las noticias.

Pero no nos vamos a quedar ahí. Una vez hemos puesto la máquina del tiempo en marcha, no vamos a ser tan mojigatos como para apenas viajar 20 años... ¡no! Yo me he atrevido a llegar más allá: hasta el año 1928, cuando Jardiel Poncela publicó el relato Los asesinatos incongruentes del castillo de Rock, una parodia de Sherlock Holmes. Podeis encontrar este relato en La sombra del asesino, una recopilación de relatos policiacos y detectivescos publicada por Valdemar.

Ahí dejo mi marca como viajero en el tiempo y arqueólogo de datos. Si alguien se atreve a ir más allá, aún queda terreno inexplorado. Echando un vistazo a la Wikipedia podemos calcular dónde está el límite: "el 26 de octubre de 1863 es considerado por muchos como el día del nacimiento del fútbol moderno". Ahí es nada, ¡casi 65 años sin explorar!


Un acre se define como un rectángulo (manda cojones, ¡¡un rectángulo!!) de un furlong de ancho y una cadena de alto, siendo una cadena la décima parte de un furlong o el cuádruple de una vara. Si ajustásemos el acre a las habituales medidas de superficie en cuadrados, sería uno de 208 pies y 9 pulgadas de lado, aproximadamente 43.560 pies cuadrados. El origen de esta medida es lo que un hombre puede arar en un día, supongo que con la misma yunta con la que midieron el furlong, por que si no esto sería un cachondeo. (volver arriba)

martes, 20 de abril de 2010

Lost (III)

Llegamos a la tercera entrega de esta miniserie de entradas sobre Lost. En los dos primeros comentaba dos aspectos de la serie que por obvios pueden pasar desapercibidos, pero que sirven para caracterizar Lost como una de las series que mejor refleja el mundo en esta primera década tras el año 2000: el auge de las pseudociencias y la conspiranoia. Estos dos fenómenos tienen su base en un mismo principio, que es utilizar la narrativa como mecanismo para describir la realidad, en oposición al método científico, que trata de utilizar modelos matemáticos.

El tercer aspecto que quería comentar también tiene que ver con la narrativa, y cómo los guionistas juegan con ella, creando lo que podríamos llamar un nivel metanarrativo por encima de la trama principal de la serie. Desde el comienzo de la serie se han podido encontrar miles y miles de páginas dedicadas a analizar cada episodio, cada trama y cada pista dejada por los autores, buscando descubrir el misterio que guarda la Isla. Y los guionistas de la serie se han aprovechado de esto, comentando que de vez en cuando tenían en cuenta algunas de las teorías de sus fans a la hora de escribir los episodios. Así, Lost se ha convertido en una especie de serie transmedia, donde era tan importante estar al día con los episodios como con los distintos mentideros de Internet.

La posibilidad del feedback inmediato entre autores y espectadores podría ser el sueño de cualquier escritor, pero a la larga se acaba convirtiendo en un arma de doble filo, por culpa de un fenómeno cada vez más exagerado: el fanboy. El fanboy no es un aficionado normal, si no que es un paladín de una causa, y está unido a ello por una extraña relación de amor-odio. Esta clase de personas es cerril por naturaleza, capaz de defender los errores más sonrojantes de aquello que le guste o aborrecerlo por que se ha sentido defraudado. Por que el fanboy surge del hype como mecanismo de publicidad, esa extraña corriente que declara a una película aún sin estrenar como la película del milenio (véase The Dark Knight). Y con esas expectativas, nada va a satisfacer al fanboy.

No hay más que darse un paseo por Facebook para verlo, con decenas de grupos de gente que ya está cabreada por que el final de Lost los va a defraudar. Sin embargo, lo que ningún miembro de estos grupos se ha dado cuenta es de que el final de Lost es lo menos importante: la serie no va de respuestas, si no de misterios. Ver Lost y frustrarse por que no dan las respuestas que queremos es como ver una porno hasta el final para ver si se casan.

Llegado a este punto, no quiero alargar esta entrada, así que voy a tener que cortar por la mitad este tema de la metanarrativa en la serie, que intentaré terminar antes de que la serie me adelante. De momento, ya que he hablado acerca del fenómeno fanboy/hype, me gustaría enlazar, por un lado, la columna Crónicas del hype de Libro de notas, donde se analiza este fenómeno en profundidad, y por otro lado, el artículo sobre los darknights de Vicisitud y Sordidez, ya que en parte, en la siguiente entrada voy a seguir hablando de ellos.

martes, 6 de abril de 2010

Lost (II)

En la anterior entrada sobre Lost comentaba una de las características de la serie que la convierten en una de las series que mejor describe (y define) la confusa década en la que estamos viviendo: el conflicto entre razón y fe y la aceptación del misterio como única manera de comprender la Isla, además de dejar planteadas otras dos: la conspiranoia y algo que podríamos llamar "metaficción".

En estos años hemos visto un resurgir del misticismo de todos los colores, con el creacionismo como caballo de batalla. Sus armas fueron tratar de poner en el mismo plano el razonamiento científico y el acceso al conocimiento mediante la verdad revelada. ¿Qué consiguieron con esto? Una relativización (palabra tan odiada por el sector religioso) de los métodos de acceso al conocimiento: valen lo mismo millones de años de registros fósiles que dos párrafos en la Biblia. Y el cesto que ha salido con estos mimbres ha sido el resurgir de la pseudociencia y la conspiranoia.

La conspiranoia ha tenido sus altibajos. En los años 90, siendo Expediente X la referencia en estos temas, el conspiranoico era un tipo raro, un freak (recordemos a Langly y Frohike), condenado a las alcantarillas del sistema. Sin embargo, en los 00, el conspiranoico es el nuevo mesías (revelador de verdades ocultas), y sus seguidores son legión. Desde luego, nunca se había visto tal cantidad de gente desvelando tanta información que "ellos no quieren que sepas". El audiovisual ha hecho mucho por la conspiranoia, y es que no es lo mismo leerse un artículo en el que se use la ciencia (y la cabeza) que ver un video donde se apela a la imaginación.

Y es que no hay más que comparar la relevancia que ha tenido el sofrito de medias verdades que es Zeitgeist con la que tiene una página como Debunking 911. Nuestra mente tiende a minimizar esfuerzos, y las conspiraciones son un caramelo muy goloso para nuestra economía cognitiva. Además, se presentan en el formato favorito de nuestra mente: la narrativa. A los humanos nos cuesta menos procesar la información si esta viene dada mediante un relato. La narrativa es una herramienta muy potente para describir la realidad, y ha sido utilizada desde que la humanidad aprendió a hablar para poder explicar el mundo que los rodeaba. A la narrativa no se le pide exhaustividad, sólo coherencia, o al menos, apariencia de coherencia. Además, cuenta con un buen aliado, la suspensión de incredulidad.

Dejando para otra ocasión esta discusión sobre economía cognitiva y narrativa, podemos estudiar Lost como una serie claramente conspiranoica. El desarrollo de la serie, a pesar de sus cambios de rumbo, ha sido mostrar cómo alguien ha llevado a los supervivientes hasta la Isla para hacer algo que aún no tenemos (quizá nunca lo tengamos) nada claro. La Iniciativa Dharma cumple todos los requisitos de la sociedad secreta arquetípica, rodeada de misterio, ansias de dominación mundial, agentes ocultos, etc. Y lo mismo podemos decir de los Otros, de los tejemanejes de Jacob, de Charles Widmore...

No quiero extenderme mucho más en este asunto, simplemente dejarlo planteado antes de pasar a escribir la siguiente entrega de esta miniserie sobre Lost. Qué mejor manera que hablar de esta serie que divagar un buen rato y en cuanto parece que va a empezar lo interesante...

PUM. LOST.

lunes, 22 de marzo de 2010

Lost

Hace tiempo que no escribía nada sobre Perdidos, algo más de tres años, tres años de una extraña relación de amor-odio con esta serie. La última vez, allá por 2005 ya hablaba sobre una de las características de la serie: el enfrentamiento entre el hombre de ciencia, Jack, y el hombre de fe, Locke, y cómo la serie parecía apostar claramente por el segundo, obligando a Jack a dar un "salto de fe" y aceptar el misterio de la Isla.

Y es que Perdidos es una serie muy hija de nuestro tiempo, de ahí la necesidad de representar el conflicto entre fe y razón, entre fe y ciencia, cada vez más presente en una sociedad que tras unas cuantas décadas de increíbles avances científicos parece necesitada de algún tipo de pensamiento mágico. El ejemplo más claro de este espíritu de los tiempos lo encontramos en la historia de la Isla. Primero, es controlada por la Iniciativa Dharma, una organización principalmente científica, nacida a principios de los años 70, en la era del optimismo tecnológico (aún estaba reciente el alunizaje), y con cierto aire a comuna marxista (los omnipresentes productos de marca Dharma como una economía estatal, los uniformes, etc). Esta iniciativa Dharma es sustituída por los Otros, una especie de culto mistérico, basado en rituales iniciáticos y varios niveles de conocimiento. El líder de esta secta es el único interlocutor con un poder superior, del que obtiene "verdades reveladas".

Y sin embargo, Perdidos no opta por la religión entendida de una forma tradicional, esto es, el cristianismo. La religión de los Otros tiene cierto misticismo de aire new-age, utilizando trucos de pseudociencia, tratando de envolver pensamientos mágicos bajo ropas científicas (el Incidente, causado por una "bolsa de energía", la máquina del tiempo de Dharma, que es destruída para poder mover una rueda más propia de algún templo de Indiana Jones, las teorías de Faraday, el científico loco, etc. ). La mitología creada alrededor del culto a la Isla es bastante complicada, y ahí es donde Perdidos refleja bien el espíritu de los tiempos, y es que es una serie nacida tras la muerte de las grandes ideas, representadas en la Iniciativa Dharma (utopía científica y social), creando un culto sincrético entre todo tipo de ideas comunes a diversas pseudociencias y misticismos.

Pero no es este el único aspecto en el que Perdidos se revela como la serie que mejor refleja la primera década del nuevo milenio. Me gustaría hablar de un par de cosas más, como la metaficción o la toma de consciencia de los personajes respecto a los trucos de guión que hemos visto en los últimos episodios y las teorías conspiranoicas, que también están relacionadas de alguna forma con el pensamiento mágico. Espero sacar tiempo para desarrollar estas últimas ideas y quizá pulir un poco más el tema de ciencia frente a mística.